La secularización del libro y la lectura

La secularización del libro y la lectura
Por Juan Domingo Argüelles en Campus Milenio

En el capítulo 59 de la segunda parte del Quijote, Cervantes pone a escuchar al protagonista de su obra maestra el curioso diálogo que sostienen, en un aposento contiguo, dos hombres (don Juan y don Jerónimo), a propósito de la lectura de esa misma segunda parte de la novela. En la venta donde se hospedan, sin sospechar siquiera que del otro lado de la pared los escuchan don Quijote y Sancho, el tal don Juan propone a su compañero que, en tanto está la cena, lean otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Don Jerónimo alienta la siguiente objeción: “¿Para qué quiere vuesa merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de Don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta Segunda?” A lo cual don Juan responde: “Con todo eso, será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena”. Como muchos saben, esta última frase no es original de Cervantes sino que se atribuye a Plinio el Viejo, en la forma cuasitextual “no hay libro, por malo que sea, que no contenga algo aprovechable”. Dicho aforismo se transforma en el apotegma contemporáneo del escritor alemán Günter Grass, según el cual, con sentido común un tanto tautológico, “incluso los libros malos son libros y, por lo tanto, sagrados”.

No es sorprendente, de ningún modo, que entre los más diversos autores, incluidos los agnósticos y los que creen que no creen en ningún símbolo sacro, el libro sea un objeto sagrado. Esta paradójica sacralidad del laicismo, en relación con la cultura escrita, se resume en la certeza intelectual que concede al libro la calidad de gran tótem de la cultura.

Este valor concedido al libro proviene seguramente de que, en sus orígenes, los libros y la cultura escrita eran patrimonio exclusivo de las Iglesias, las sectas y las religiones y que aun en las edades democráticas el libro sigue asociado (independientemente de su difusión masiva como mercancía) a las cofradías del poder intelectual y, por lo mismo, social.

Giovanni Sartori ha llamado nuestra atención sobre el hecho incontrovertible de que hasta la producción en serie del libro, que tiene sus pálidos inicios con los copistas y los amanuenses, no se podía hablar aún del “hombre que lee”, pues “leer, y tener algo que leer, fue hasta finales del siglo XV un privilegio de poquísimos doctos”; poquísimos doctos, vale agregar, que estaban todos ellos en las cortes y en los conventos, es decir en los centros de poder político y eclesiástico que monopolizaban el Saber.

Pese a que uno de los primeros libros que salió de la imprenta de tipos móviles, en 1454, fue precisamente la Biblia (libro sagrado por excelencia en la cultura occidental), a partir de Gutenberg el Saber comienza a desacralizarse y a perder la mayúscula de rigor y “la transmisión escrita de la cultura se convierte en algo potencialmente accesible a todos”. Sin embargo, un sector que hereda ese poder (el de los especialistas, el de los expertos, el de los sabios, el de las cofradías intelectuales) pugna todavía por hacer del conocimiento laico un misterio sagrado, ya que revelarlo implicaría la pérdida de su dominio.

Contra lo que pudiera pensarse, el best seller y las publicaciones populares lo que hacen, con su existencia y sus funciones, es legitimar el carácter sagrado de todos aquellos libros arquetípicos que aun en el caso de presentarse como mercancías se asume que se trata de mercancías muy especiales, es decir venerables, canonizadas. Por eso, con cruel sarcasmo, Augusto Monterroso, al relatar sus avatares para deshacerse de quinientos libros indeseables, advierte que quemar libros en el patio de la casa, por muy indeseables que éstos sean, resulta muy mal visto, y concluye: “Se acepta que la Inquisición quemara gente, pero la mayoría se indigna de que quemara libros”.

Respecto del libro y la lectura hay una visión en exceso solemne que, en muchas ocasiones, lo que hace es alejar a la gente de estos objetos y de esta práctica. Pareciera que no se puede leer, verdaderamente, sino con una predisposición religiosa. Y abundan los lectores que no sólo lo creen así sino que censuran cualquier otro tipo de acercamiento, “vulgarizador” al libro. Ya se ha vuelto un lugar común de la cultura del optimismo el decir que los “verdaderos” libros son sagrados. Dentro de las relatividades es justo, y necesario, hacer distinciones, de modo tal que los libros no terminen por imponer su soberanía en tanto objetos que nadie ose contradecir en su esencia sagrada.

Hoy, hasta el cantautor español popular-intelectual y blasfemo Joaquín Sabina acepta que los libros son objetos sagrados y les confiere propiedades de amuletos o fetiches: “Los libros —dice— me parecen objetos sagrados. Tengo primeras ediciones de Vallejo y un tesoro de Neruda: el ejemplar número 57 de una edición de cien de Residencia en la tierra”.

En El Golem, libro iniciático si los hay y en cuyas páginas se habla también de un libro sagrado y mágico que encierra el secreto para crear vida artificial mediante el poder evocador de las letras y las palabras, Gustav Meyrink, su autor, hace meditar lo siguiente al protagonista: “No estoy dormido ni despierto, y en el ensueño se mezclan en mi alma lo vivido con lo leído y oído, como corrientes de distinto brillo y color que confluyeran”. Y, páginas más adelante, lo hará reflexionar así: “Comprendí que la clave para entenderse en un lenguaje claro con el propio interior está en sentir las letras, no sólo en leerlas con la vista en los libros; en crear en sí mismo un intérprete que traduzca lo que los instintos murmuran sin palabras”.

Seis décadas más tarde, en su “Elogio del libro”, Jorge Luis Borges advertirá que a partir de los Vedas y de las Biblias, hemos acogido la noción de libros sagrados. “En cierto modo —agrega— todo libro lo es. En las páginas iniciales del Quijote, Cervantes dejó escrito que solía recoger cualquier pedazo de papel impreso que encontraba en la calle. Cualquier papel que encierra una palabra es el mensaje que un espíritu humano manda a otro espíritu”.

Sin una idea laicamente sagrada y mágica del libro, la lectura pierde mucho de su encanto y de su poderosa seducción. Sin embargo, hay que evitar que la visión de la lectura se vuelva un dominio a tal grado solemne que excluya de manera protocolaria y ceremonial a aquellos que, como dice Michele Petit, aún no son lectores pero creen, sinceramente, que en los libros hay un secreto del cual están excluidos, porque ninguna persona les ha abierto el camino, y para ellos esto es un sufrimiento.

En tanto no quitemos al libro y a la lectura esas nociones severas y solemnes, seguiremos insistiendo inútilmente en que es deseable que la gente lea y haga del libro un objeto importante para su existencia. La solemnidad se torna muchas veces rechazo del diferente.

El protocolo de la lectura y, en general, de la cultura, favorece ambientes sólo propicios para quienes ya son lectores y consumidores más o menos habituales y aun consuetudinarios de los bienes y servicios culturales. En el caso de los no iniciados, son muy pocos o nulos los elementos que pueden hacer las veces de invitación. Por eso, las sociedades crecen en número pero, estadísticamente, los lectores siguen siendo los mismos: una minoría proporcional que, en el mejor de los casos, crece de manera insignificante.

Según Marcel Prévost, el hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma; parece que en esto no hay discusión. Por su parte, Borges nos dejó otra sentencia inobjetable: “Ahora, como siempre, el inestable y precioso mundo puede perderse. Sólo pueden salvarlo los libros, que son la mejor memoria de nuestra especie”. Si el libro es la mejor memoria de nuestra especie, ello se debe a que, como dijo Emerson y nos recuerda Borges, es un gabinete donde se guardan los mejores pensamientos de los mejores.

Mas, con todo, debemos evitar la sacralización excesiva del libro que a veces conduce a protocolos excluyentes donde la sola solemnidad es una manera de cerrar las páginas del libro a quienes carecen, por principio, de esta noción de sacralidad laica. A veces, el simple hecho de tomarse demasiado en serio esta sacralidad lleva a desdeñar los inicios paganos de los infieles que necesitarán tiempo y experiencia para comprender que el libro no es, nada más, una mercancía como cualquier otra. En su “Vindicación del libro”, el escritor español Juan Manuel de Prada asegura que “el libro es un objeto sagrado que nos habita por dentro y nos vincula religiosamente con la vida”. Como ejemplo de la condición sacra del libro, evoca la iniciación sartreana de la lectura:

“La consideración de la biblioteca como ámbito casi religioso, como refugio o templo donde el hombre halla abrigo en su andadura huérfana por la tierra, la expresa, quizá mejor que nadie, Jean-Paul Sartre, en su hermosísima autobiografía Las palabras, donde comparece el niño que fue, respaldado por el silencio sagrado de los libros: ‘No sabía leer aún, y ya reverenciaba aquellas piedras erguidas —escribe Sartre con unción—: derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente esparcidas formando avenidas de menhires. Sentía que la prosperidad de nuestra familia dependía de ellas. Yo retozaba en un santuario minúsculo, rodeado de monumentos pesados, antiguos, que me habían visto nacer, que habían de verme morir y cuya permanencia me garantizaba un porvenir tan tranquilo como el pasado’. Esta quietud callada y a la vez despierta de los libros, esta condición suya de dioses, penates o vigías del tiempo que velan por sus poseedores y abrigan su espíritu los convierten en el objeto más formidablemente reparador que haya podido concebir el hombre”.

Vistas las cosas así, y rebatiendo a Günter Grass, no todos los libros, por el hecho de ser libros, son sagrados. Muchos de ellos, incluso, ni siquiera son nobles. Como lo consignan Anne-Marie Chartier y Jean Hébrard en su libro La lectura de un siglo a otro, entre los intelectuales y preferentemente entre los escritores prevalece una protesta indignada contra la variación de los hábitos culturales, pues juzgan que la “verdadera” lectura es aquella de los “verdaderos” libros que permiten ver el “verdadero” mundo al “verdadero” lector. Bajo este prisma, todas las demás lecturas y todos los demás libros y lectores terminan siendo no verdaderos, por discriminación canónica. Y vistas las cosas así, no hay muchas probabilidades de que el número de lectores “verdaderos” aumente; muy por el contrario, disminuirá.

Suele olvidarse de dónde proviene el término “fundamentalismo”. Cuando se habla de lecturas “verdaderas” y de lectores “verdaderos”, lo que se está diciendo es que los hay sin duda falsos. ¿Y cuáles son los falsos? Precisamente los heréticos: los que no siguen la línea correcta, los que no van por la senda “verdadera”; los que no leen los libros “fundamentales”: los libros sagrados que son los fundamentos.

Como muy bien afirma Élie Barnavi, todo fundamentalismo se construye sobre el Libro que es fundamental. “Para que exista fundamentalismo —explica—, tiene que haber un corpus de textos sagrados que exprese la palabra divina y en el cual podamos basarnos”. Si somos fieles a la letra de los fundamentos, somos entonces verdaderos. “Todas las religiones llamadas del Libro han conocido la tentación fundamentalista”, concluye Barnavi. Y es obvio que así sea: si no hay fundamentos —es decir Escritura fundadora—, si no hay Libro, no puede haber fundamentalismo.

Categorizar la lectura “verdadera” y el lector “verdadero” y estigmatizar a “los otros” son propósitos de quienes piensan que sólo hay una forma correcta de leer y que es, precisamente, la suya; misma que desean conservar en las más restringidas cofradías del espíritu aristocrático. Frente a esta postura fundamentalista, la bibliodiversidad y la lectodiversidad son las formas incluyentes de una cultura que se opone a esa noción reglamentada y solemne de lo que, por principio, es un gozo, un disfrute, un placer: el placer de leer.

La enseñanza sin vida de la literatura

La enseñanza sin vida de la literatura
Por Juan Domingo Argüelles en Campus Milenio

La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario.

— Italo Calvino,

Por qué leer los clásicos.

En su libro ya clásico Verdad y mentiras en la literatura (Océano, México, 2004), Stephen Vizinczey afirmó: “Si los estudiantes no estuvieran obligados a terminar libros que no les dicen nada, la educación literaria no les dejaría tan insensibles a la literatura”.

Pero, precisamente, lo que suele hacer la escuela, por sistema, es obligar a leer, y en especial obligar a leer libros de literatura que son, por definición, libros a los que tendríamos que acercarnos por placer y no por deber.

Los métodos y los mecanismos escolares de la educación de literatura son, por principio, desacertados. Pugnan por hacer del alumno un repetidor de datos sin sentido (tema, trama, personajes, desenlace, etcétera), en lugar de conseguir que el alumno disfrute el libro leído.

Y esto no es privativo de la educación primaria y secundaria, sino también, y muy especialmente, de la media superior. Durante una conferencia que dicté en una preparatoria de la UNAM, ante profesores de literatura de las diversas prepas y colegios de ciencias y humanidades, encontré un auditorio dividido entre los que piensan que la ortodoxia es perfecta y no hay que salirse de ella, y los que creen (al igual que yo) que es necesario replantear la enseñanza de literatura.

En realidad, no son pocos los profesores de literatura a los que les tiene sin cuidado si los alumnos gozan o no los libros que leen, ya que lo que realmente les importa es que respondan bien en los exámenes y “que aprendan lo que tienen que aprender” para aprobar la materia.

Sin embargo, existen también los profesores más creativos y abiertos al interés de la lectura más que al deber de la materia. Son esos que se esfuerzan porque sus alumnos acaben enamorados de los libros, dejen de ver la literatura como una simple materia de estudio y terminen convencidos de que leer es un placer más que una calificación en la boleta.

Enseñar literatura con los preceptos de la ortodoxia es enseñar, únicamente, lo más superficial de la literatura: nombres, fechas, géneros literarios, escuelas y corrientes literarias, personajes, tramas, temas, diégesis, etcétera; cosas todas éstas que, en realidad, están prácticamente desasidas del gusto de leer y que pueden perfectamente encontrarse en los diccionarios y en las enciclopedias especializadas, y mucho más fácilmente en Internet.

Enseñar literatura con el propósito de que los alumnos disfruten lo que leen es, sin duda más complicado, pero también más satisfactorio. Con un alumno que consiga “engancharse” con un libro, existe la enorme probabilidad de que logre contagiar ese gusto en otros y el placer se multiplique y la literatura siga cumpliendo la función esencial de acompañar la existencia, y no simplemente ser parte del currículum.

Los profesores que creen que los métodos y los mecanismos actuales, fundados en la ortodoxia de la enseñanza, son suficientes para que los alumnos “sepan” de literatura, difícilmente aceptarán modificar esa preceptiva. Pero hay profesores de las preparatorias y los colegios de ciencias y humanidades de la UNAM que ven y van más allá de los rudimentos escolares y se empeñan en que sus alumnos gocen lo que están leyendo.

Una maestra puso un ejemplo digno de imitarse: en vez de calificar a los alumnos con el previsible examen de opción múltiple o con el “reporte de lectura” (que cualquiera puede muy bien fusilar en Internet), les pide que se organicen en equipos y que elijan un libro o un cuento (el mismo para todo el equipo) y que, como trabajo para obtener su calificación, lo escenifiquen o dramaticen ante el grupo. La experiencia es maravillosa y suele ser inolvidable para todos, pero especialmente para quienes leyeron digamos un cuento de Chéjov y mostraron de qué iba el cuento ante sus demás compañeros.

Los profesores adictos a la enseñanza ortodoxa no se permitirían una licencia así. Tal libertad para el alumno les causa malestar y por ello prefieren seguir machacando su temario (que todos los años fatigan invariablemente), sin importarles lo más mínimo si los alumnos disfrutaron o no los libros que les impusieron.

Si la literatura se impone como un deber, sin el mínimo asomo de disfrute, y si lo que “hay que saber” son datos hueros e insustanciales, queda muy claro que la literatura no está hecha para darnos satisfacción, sino para aprobar exámenes (en el caso del alumno) y para impartir clases (en el caso del maestro).

Conozco estos principios porque los padecí en la escuela (incluso en la universidad), y sé que son muchos los que salen de las escuelas perfectamente vacunados contra la lectura. Jamás contraerán el virus de leer porque en la escuela les inocularon el antiviral. Leer fue para ellos un aburrido rito de pasaje, y ya que consiguen el título universitario se olvidan para siempre de los libros y se alegran muchísimo de ya, ¡por fin!, no tener que leer más.

La visión social de la lectura como una obligación aburrida o tediosa (y odiosa, también) es, en gran medida, culpa de la escuela y, en particular, de la enseñanza sin vida de la literatura. Esta enseñanza es en parte responsable de que la gente vea la lectura sólo con un fin inmediato interesado. Fernando Savater pone un ejemplo. Refiere que, cuando les dijo a unos alumnos adolescentes que en el periodo vacacional leyeran al menos un par de libros, todos ellos protestaron al unísono: “¡Pero profesor: si estaremos de vacaciones!” Esto prueba que la escuela ha conseguido convencer a los alumnos de que la lectura sólo sirve para pasar exámenes.

La enseñanza literaria ortodoxa ha privilegiado una sola virtud en los libros: los libros sirven para aprender de memoria algunos datos endiabladamente aburridos (y finalmente inútiles) cuya recompensa es sacar una nota aprobatoria, pero lo mejor de los libros (el placer que proveen, el autoconocimiento que favorecen, el saber suave que estimulan, entre otras recompensas extracurriculares) no lo saca a flote ese tipo de enseñanza.

Poder responder en un examen que a Cervantes le decían El Manco de Lepanto, que nació en Alcalá de Henares en 1547 y murió en Madrid en 1616, que su obra principal es el Quijote, que los protagonistas de esta novela son Don Quijote y Sancho Panza, que la primera parte se publicó en 1605 y la segunda en 1615 y que, en cierto modo, esta novela es una parodia de los libros de caballerías, etcétera, es realmente no decir nada que valga la pena si, por principio, no se disfrutó la novela y, con frecuencia, ni siquiera se le leyó completa. Pero siendo así, un alumno que responda correctamente a las preguntas puede aprobar muy bien literatura sin importarle en absoluto lo leído, sin haberlo disfrutado y, probablemente, sin haberlo realmente leído. Los datos de los grandes libros están todos en las enciclopedias y en Internet. (Y nadie se ha muerto por no saberlos de memoria.)

Uno de los mayores pecados del ser humano es el aburrimiento, ya que cuando la gente se aburre es porque no tiene ninguna pasión por la existencia. El aburrimiento no es ni siquiera un estado de ánimo; en todo caso, es un desánimo. Leopardi dijo: “El fastidio no cabe sino en aquellos que no tienen espíritu” y añadió que “para la felicidad son menos nefastos los males que el aburrimiento”. Voltaire, igualmente lapidario, dijo sin más: “Nuestro peor enemigo es el aburrimiento”.

Si los profesores se aburren dando clases, es natural que aburran a sus alumnos. Si los profesores de literatura hacen aburrido el conocimiento de los libros, es natural que los alumnos se preparen desde antes de comenzar la clase al aburrimiento que significará la aburrida disertación del maestro. ¡Y cuesta trabajo pensar que alguien pueda hacer aburrida una clase de literatura teniendo material tan vivo! Y, sin embargo, sabemos que hay quienes son capaces de hacer aburrida hasta una clase de humorismo.

La enseñanza viva de la literatura es aquella que plantea, antes que nada, la seducción del alumno: que goce realmente lo que lee, antes y más allá de los exámenes y los resúmenes. La enseñanza sin vida de la literatura es la que se concreta a los simples datos que son, literalmente, letra muerta en tanto no estimulen el placer de leer.

De qué va la lectura: algunas verdades políticamente incorrectas

De qué va la lectura: algunas verdades políticamente incorrectas
Por Juan Domingo Argüelles en Campus Milenio

Los siguientes aforismos forman parte de mi libro Ética y poética de la lectura: El derecho de leer, la libertad de saber que ha puesto a circular Letra Uno Ediciones, de Guadalajara, y que se presentó el 4 de octubre en el marco del Segundo Encuentro de Lectores celebrado en la Casa Clavigero ITESO de la capital de Jalisco.

La cultura debería proteger de la altanería, la arrogancia, la mezquindad, la hipocresía y todas esas cosas que, juntas, hacen una mezcla explosiva que socava la humanidad. La mayor parte de mi vida la he pasado entre libros y entre lectores, pero entre las peores personas que he conocido algunas de ellas están en el ámbito libresco. Es verdad que no he vivido en el medio del crimen organizado y el narcotráfico y que, por este solo hecho, esas horribles personas que pululan en el medio libresco son maravillosamente buenas junto a un asesino o un secuestrador, ¡qué duda cabe! El que la imagen real de un autor poco o nada tenga que ver con sus obras literarias lo único que quiere decir es que la cultura ha fracasado en gran medida, y esos patanes que dicen tener preocupación por el estado de la cultura primero tendrían que revisarse la cabeza y el corazón.

En sus apuntes autobiográficos, Antonio Machado escribió: “Mis aficiones son pasear y leer”. Aficiones dijo. No otra cosa. Si hubiera dicho que leer era como la vida misma o el equivalente de la vida, el vital Juan de Mairena lo hubiera amonestado. Pasear y leer son aficiones, maravillosas aficiones. ¿Quién fue el primer espíritu antipoético que dijo que leer es un hábito? Yo no lo sé. Habría que rastrearlo en una investigación policíaco-literaria. Mas me temo que, tarde o temprano, daremos con algún burócrata, con algún tecnócrata, para quien también pasear podría ser un hábito, lo mismo que hacer el amor. (Todo lo que toca el gobierno lo vuelve burocracia.) Fernando Pessoa, sabio al igual que Machado y Mairena, afirmó: “La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida”, y añadió: “Escribo para distraerme de vivir”.

¿Qué es, por ejemplo, una novela, para Pessoa?: nada más una simulación de la vida, “una historia de lo que nunca ha sido”. Y como supuso que habría cabezas duras de entender, acto seguido explicó: “Escribir es olvidar. La música arrulla, las artes visuales animan, las artes vivas (como la danza y la representación) entretienen”. En el caso de la literatura, para Pessoa, ésta “se aleja de la vida porque hace de ella un sueño”. ¿No acaso Stevenson dijo que los libros son un sustituto exangüe de la vida? Cuando los libros se convierten en la vida misma, o creemos que son la vida misma, estamos listos para la tumba.

La glorificación de la obra de arte, por encima de cualquier cosa, nos ha llevado irremediablemente al cinismo, al grado de presentar como argumento del todo válido el famoso apotegma atribuido a François Mauriac: “Si te interesa la virtud, olvídate de la literatura”. No se trata de moralizar pero, bajo este supuesto, un artista puede justificar cualquier comportamiento canalla en aras de su obra que, presuntamente, mejorará a la humanidad. Lo cierto es que si él mismo no se puede mejorar, parece obvio que no podrá mejorar a nadie, aunque aceptemos, alegremente, que se puede ser mezquino, bribón, canalla e incluso criminal en aras del beneficio que La Obra les dará a otras personas (no pocas de ellas, seguramente, mezquinas, bribonas, canallas y criminales).

Hay que liberar al arte y a la cultura de esas nociones fetichistas que ponen a La Obra por encima de las personas. Ningún libro es mejor que la vida, aunque a veces nos lo parezca. Por ello, ninguna obra puede estar por encima de la ética. Las obras de arte que sobreviven a sus autores están vivas no únicamente por sus valores estéticos, sino también, y yo diría que sobre todo, por sus cualidades éticas: por lo que enseñan y siguen enseñando a las nuevas generaciones, llámense el Guernica, El baño turco, El beso, Madame Bovary, Crimen y castigo o La metamorfosis. Sin la atrocidad del nazismo, el Diario de Ana Frank no existiría. No se trata de elegir entre cosas que jamás se dieron como opciones, y que más bien son parte de la fatalidad histórica, pero resulta obvio que un lector con ética mil veces preferiría que este extraordinario libro jamás se hubiera escrito y que la joven y bella Ana hubiera vivido feliz en el más hondo olvido. ¿O, acaso, habría que agradecerle al nazismo el don maravilloso del Diario de Frank? Lo que vale de ese libro es precisamente la amarga lección que nos deja sobre el comportamiento humano. El libro vale por Ana Frank, no por ser un libro, del mismo modo que Mi lucha no es en absoluto valioso porque Hitler, su autor, jamás concedió valor alguno a la vida de los demás. Sin el bombardeo a la población vasca de Guernica, Picasso no hubiera hecho su hoy inapreciable obra en memoria de ese trágico episodio. ¿Deberíamos agradecer a la Legión Cóndor alemana y a la Aviación Legionaria italiana su bombardeo en alfombra, que produjo la muerte de más de un centenar de personas, pero también motivó la gran pintura de Picasso? Sólo con una ciega visión esteticista nos parecería que el Guernica es mejor que las vidas anónimas que segó el bombardeo.

Es obvio que el arte sucede, y que los artistas y los escritores responden, con sus obras, a lo que la realidad les ofrece. Pero un arte esteticista y una cultura cínica nos llevarían, como nos han llevado, a no interesarnos demasiado por la realidad, sino tan sólo por esa otra realidad paralela o alterna del arte y la cultura. Incluso cuando se habla de ética, hay muchos artistas e intelectuales que desenfundan la pistola. Creen que pueden existir una ética y una estética sin moral, que es, exactamente, el arte, la literatura y la cultura en general, y creen, de veras lo creen (¡porque lo dijo Wilde!) que sólo hay libros bien escritos o mal escritos, como si éste fuera el único requisito para saber si Mi lucha, de Hitler, es un libro bueno o malo y no, sobre todo, un libro inmoral.

Si tenemos la seguridad de que el arte y la cultura nos benefician más allá de su ética o su moralidad, lo que creemos en realidad es que los fines justifican los medios, y que no vale la pena detenernos siquiera un poco, por ejemplo, en las virtudes o calidades humanas de los artistas, escritores e intelectuales, sino, únicamente, en las obras que nos han legado. Estamos metidos hasta el cuello en este fango cultural, y a ello se debe que aceptemos y afirmemos que la obra de arte nos mejora sin importarnos si el artista es un cretino o, peor aún, un criminal. Con este criterio, no tiene sin cuidado que un filósofo (o un intelectual) sea antiético: lo que nos importa, ¡qué maravilla!, son ¡sus lúcidas reflexiones sobre la ética!

Desde que el tema de la lectura se volvió moda, todo se echó a perder. Hoy hablan de “la necesidad de leer” hasta los que no leen ni piensan hacerlo. El resultado es que el negocio de publicar cualquier cosa se ennobleció. Basta que algo tenga la forma de un libro para que cobre importancia insospechada. ¡Es que se trata de un libro! Bueno, sí, ¿y qué? Mi lucha, de Hitler, también es un libro. El propósito es vender. Y hay millones de cosas que nunca nadie debió publicar y que no había ninguna necesidad de leer. Las ferias del libro están llenas de zoquetes que publican y firman libros que ni siquiera han escrito (porque tienen “asistentes” que se los escriben), y las figuras más conspicuas en los pasillos de las ferias son los locutores de la tele y la radio que de pronto descubrieron que los libros son cosas maravillosas para barnizarse de cultura. Como “el libro es cultura”, cualquier excreción puede publicarse hoy, y además, venderse muy bien.

En el asunto de la promoción de la lectura puedo afirmar que he comprobado la eficacia del “mediador desinteresado”, que es aquel que te lleva a los libros sin ningún propósito instrumental o positivista, como por descuido, como por accidente, con el puro contagio de su entusiasmo. En el bachillerato tuve un profesor así. Impartía la materia de Probabilidad y Estadística y conversaba conmigo acerca de Vargas Llosa, García Márquez, Borges, Rulfo. Nunca tuve un mejor interlocutor sobre la lectura.

Salgo del recinto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y tomo un taxi al aeropuerto. Ya he terminado con mis asuntos y voy de regreso a la ciudad de México. Eché rollo y escuché rollos, largos rollos verbosos de elevada vanidad y de pesada arrogancia. Voy cansado y hastiado de todo eso, y lo que deseo es no hablar más sobre libros y lectura. Quizá, mejor, de futbol o de política, de lo que sea con tal de olvidarme de los libros y de los teóricos de la lectura. Pero el taxista me hace la plática y, previsiblemente, me pregunta por la FIL (es un hombre considerado y atento con lo que, supone, le debe interesar a sus pasajeros). Le contesto casi con monosílabos y me resigno a lo peor. ¡Y yo que esperaba que llevara la conversación hacia la política, el futbol y el narcotráfico! Me dice que él no ha leído muchos libros. “Unos pocos, nomás”, dice. Y, entre esos pocos, revela su entusiasmo cuando me habla de El alquimista, de Paulo Coelho. Yo lo escucho mientras él se explaya. Me refiere el tema y me cuenta la trama. Y me dice que él quedó tan encantado con ese libro que va a buscar otros del mismo autor. Mientras él habla yo imagino la cara avinagrada y el furor rabioso de los dogmáticos de la lectura, de los fundamentalistas de la “literatura de calidad”. Si estuviera uno de ellos en el taxi, ya hubiera mandado callar al taxista y le hubiera dicho que todo eso que leyó es pura basura, que hay maravillosos libros de la cultura canónica que él se está perdiendo por leer porquerías de un embaucador profesional que ha vendido 140 millones de ejemplares de esta bazofia que ha sido traducida a más de 73 lenguas y publicado en 150 países. A esto hemos llegado: a ningunear y a despreciar a los lectores que no son como nosotros.

He visto a los lecturólogos y puristas echar espuma por la boca y los he escuchado encolerizados ante esta realidad que no sólo no aceptan sino que los pone frenéticos y al borde del telele. Paulo Coelho, Isabel Allende, Laura Restrepo les dan náuseas. ¡Guácala! ¡Puaj! “¿Para esto han aprendido a leer?”, preguntan con sarcasmo, al referirse a los lectores comunes, mientras los ojos casi se les salen de las órbitas. No aceptan estos fanáticos que la gente lea lo que se le pegue la gana, y andan de aquí para allá dictando cátedras y pronunciando discursos descalificadores, amos y señores que sancionan el prestigio de los libros buenos y el desprestigio de la literatura basura.

En este sentido, por extensión, esos lectores que leen a Paulo Coelho son basura, puesto que muy campantemente afirman ellos que “somos lo que leemos”. Viven amargados porque desde hace tiempo muy poca gente les hace caso, y morirán amargados porque, muy pronto, ¡nadie les prestará atención! Vamos hacia el ocaso de los ideólogos de la lectura. El porvenir de la lectura es lo que Armando Petrucci ha denominado “leer por leer”. Si los lecturólogos creían que ellos controlaban el canon frente al caos, se engañaron.

La llamada “crisis de la lectura” es en realidad una crisis de los ideólogos de la lectura. La gente de todos modos lee y seguirá leyendo lo que se le antoje: lo mismo literatura culta que literatura trivial. Ya nadie puede “poner orden” en la lectura, porque incluso los mediadores no saben qué hacer en un mundo que no los necesita. Se acabó lo que se vendía (puro humo). Si no pueden vivir con esto, allá ellos.

La lectura es un ejercicio individual, íntimo las más de las veces. Pero es evidente que la lectura sólo puede entenderse en un contexto social. No hay lector que no participe socialmente en la adquisición y la comunicación de lo leído. Un lector autista es lo menos parecido a un lector.

El mayor error que hemos cometido en el asunto de la lectura es perder de vista la importancia fundamental de los ámbitos en los que queremos que surjan o se desarrollen los lectores. Creemos, por extraños motivos, que la lectura está desasida, literalmente desprendida, de cualquier otra estructura. Creemos, de veras, que la lectura se da en las nubes, en el limbo. Y así se hacen, desde los escritorios, los programas de lectura. Programas inútiles porque no toman en cuenta que los lectores son hijos de sus contextos sociales, económicos, educativos y culturales. Cosa grave es olvidar que no todos han ido a la universidad ni han estudiado Filosofía o Historia del Arte, no todos nacieron entre libros, ni todos planean su agenda en función de las fechas de la FIL Guadalajara.

Los políticos son personas que tienen como actividad primordial regir o aspirar a regir los asuntos públicos y que, por lo tanto, participan en el gobierno y en los negocios del Estado. Los políticos son un mal necesario, pero podrían ser un bien necesario si se ocuparan realmente del beneficio ciudadano. Alguien tiene que gobernar, presidir, dirigir y representar, pero el oficio del político se ha convertido en ejercicio para medrar. En el caso del libro y la lectura, no hay un solo político, ¡uno solo!, que no afirme que leer es bueno y que la lectura es “una palanca para el desarrollo”. Lo dicen hasta los políticos que no leen, que son abundantes. Y lo dicen porque es “políticamente correcto”.

Ningún político va a decir lo contrario, en tanto que el tema de la lectura es una noción positiva y rodeada de nobleza. Pero es obvio que nadie que no lea o que no tenga un gusto por la lectura puede comprenderla verdaderamente. En las últimas décadas se ha echado mano del tema de la lectura como parte de la agenda política. Los políticos suponen (y a veces suponen mal) que, de este modo, quedan bien con los ciudadanos y potenciales electores que leen o que tienen gusto por los libros.

Desde el presidente del país hasta los diputados, senadores y burócratas de alto nivel, todos dicen que la lectura es transformadora y fundamental para construir una mejor nación. Pero ellos mismos no dan prueba de ello. Así que sus discursos están vacíos de sustancia y, en consecuencia, el tema del libro sólo es un cliché para aderezar programas y campañas previsiblemente inoperantes.

Viene bien a cuento una frase muy oportuna para la reflexión sobre la lectura. Es del filósofo y escritor Rob Riemen, fundador y presidente del Nexus Institut de Tilburt, en Holanda: “La mayoría de los dirigentes y gobernantes no leen sino contenidos de entretenimiento. Hay que entender que en los políticos no está la solución a los problemas, porque ellos son el problema”.

¿Y si la lectura no fuera un derecho? (segunda y última parte)

¿Y si la lectura no fuera un derecho? (segunda y última parte)
Por Juan Domingo Argüelles en Campus Milenio

Desde hace poco más de un par de décadas (a principios de la última del siglo pasado), hay todo un movimiento y una acción insistente en que las leyes nacionales y los organismos internacionales reconozcan expresamente el concepto “derecho a la lectura” en el mismo nivel que reconocen el “derecho a la educación”, el “derecho a la salud” y otros derechos concurrentes. No deja de ser paradójico o sintomático (según se vea) que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) haya declarado, en junio de 2011, el acceso a internet como un derecho humano “por ser una herramienta que favorece el crecimiento y el progreso de la sociedad en su conjunto”.

En esta declaración, la ONU estableció que “debe ser un derecho universal de fácil acceso para cualquier individuo” y exhortó a los gobiernos a facilitarlo. No sólo esto, sino que “los gobiernos deben esforzarse para hacer internet ampliamente disponible, accesible y costeable para todos”. Y enfatiza: “Asegurar el acceso universal a internet debe ser una prioridad de todos los Estados”. Hasta el Departamento de Estado de Estados Unidos declaró que internet es una de sus prioridades y se ostentó como “defensor” de este “derecho universal”.

Sin embargo, en su prólogo a Palabras por la lectura, Javier Pérez Iglesias ya advertía: “Si uno quiere utilizar internet para buscar información, para enterarse de cosas, para saber en dónde está el entretenimiento o para comunicarse, es necesario leer (y escribir). Parece que esta obviedad se olvida a veces”.

Lo cierto es que el derecho universal a internet, como un “derecho humano” llegó primero a la ONU que el “derecho a la lectura”, a pesar de que, desde 1992, en Nueva Delhi, el 23 Congreso de la Asociación Internacional de Editores declaró, con la publicación de la Carta del Lector, que “la lectura es un derecho universal” en todas sus modalidades y sus soportes, incluidas las (en ese entonces) “nuevas tecnologías”. Como es sabido, la Unesco refrendó la Carta del Lector, pero sólo de dientes para fuera. No deja de ser incongruente, y hasta esquizofrénico, que la ONU y los Estados nacionales, y hasta el Departamento de Estado norteamericano, promuevan y promulguen el “derecho a internet como un derecho humano” siendo que, esencialmente, internet es un medio que funciona, antes que nada, con la alfabetización, con la lectura y con la escritura, ya que ni siquiera con la educación. (Muchos usuarios de internet no tienen, precisamente, una educación muy sólida.)

En tanto aún se discute si la alfabetización (¡la alfabetización!) debe incluirse o no entre los derechos humanos, el acceso a internet ya se encuentra entre ellos, y aunque los Estados nacionales no explicitan propiamente ni el derecho a la alfabetización ni el derecho a la lectura en sus legislaciones correspondientes, hay países como Uruguay que al menos han dado un paso adelante en este sentido. El Ministerio de Educación y Cultura de ese país, a través de su Dirección de Educación, y con el apoyo del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC-Unesco), lanzó su Plan Nacional de Lectura bajo el lema “Leer: un derecho” que, enfáticamente, sostiene: “Leer es un derecho de todas y todos los ciudadanos de un país.

La lectura nos ayuda a formarnos como personas, nos permite acceder a una mejor educación y, por tanto, nos posibilita a crecer más libres. Es fundamental leer y escribir para llegar a ser un ciudadano informado, reflexivo y crítico, un ciudadano capaz de aportar ideas para la construcción de una sociedad mejor y más democrática”. ¡Son exactamente las mismas razones que esgrimió la ONU para promulgar el acceso a internet como un derecho humano!

¿Y si la lectura no fuera un derecho?

¿Y si la lectura no fuera un derecho?
Por Juan Domingo Argüelles en Campus Milenio

En su Manifiesto por un Brasil literario (2009), el escritor y pensador Bartolomeu Campos de Queirós (1944-2012) señaló: “La lectura literaria es un derecho de todos que aún no está escrito”. Por ello, en ese documento planteó que, si en el mundo actual, “la alfabetización se considera como un bien y como un derecho”, de manera consecuente, lógica y congruente, habría que “reconocer como un principio el derecho de todos a participar de la producción literaria”.

Hay derechos y hay deberes. Es obvio que los deberes complementan a los derechos, pero también es obvio que los derechos no pueden ser, de ninguna manera, deberes. Por tanto, el derecho a la lectura (implícito en el derecho a la educación) no es la obligación de leer, sino la libertad de leer, garantizada por el Estado como parte de las prerrogativas del individuo en aras de su disfrute y su acceso al conocimiento.

La garantía de los derechos para todos no implica que se obligue a leer a nadie, sino que le sea accesible ese derecho aun si la persona, por propia decisión, no desea ejercerlo. Obligar a leer no es, de ninguna manera, la forma de garantizar el derecho a la lectura, pero el Estado tampoco puede dejar de garantizar este derecho bajo el argumento de que no a todo el mundo le interesa leer.

Para decirlo con José Antonio Marina (Crónicas de la ultramodernidad, Anagrama, 2000), “los derechos facultan para ser libres”, y así, en el derecho a la educación, “la educación amplía la libertad real del individuo”, puesto que “el derecho a la educación permite realmente al individuo acceder a la educación”. Si, con esta lógica, cambiamos la palabra “educación” por la palabra “lectura”, no parecería una incongruencia. Y, sin embargo, para algunos escritores, especialistas en lectura, investigadores, promotores, editores y expertos en cultura escrita, las dudas persisten: ¿Hay que legislar sobre esto?, ¿es un derecho la lectura?, ¿por qué tendría que serlo al margen del derecho a la educación?

Sin duda, el derecho a la lectura ya está incluido, implícitamente, en el derecho a la educación, aunque en este punto habría que señalar que la educación (al menos en sus primeros nueve grados es, además de un derecho, un deber, puesto que la educación es obligatoria para todos los niños y preadolescentes de primaria y secundaria. Por ello, el escritor catalán Jordi Sierra i Fabra afirma que la obligatoriedad de la lectura en las aulas (como parte de la educación obligatoria) ha conseguido todo lo contrario de lo que dice perseguir: ha logrado que los niños y los adolescentes detesten la lectura.

En las cuatro entregas del reportaje publicado también en estas páginas de Campus (“Por qué la lectura es sin duda un derecho”, números 523-526) recogí las opiniones coincidentes respecto de la necesidad de plantear explícitamente en las leyes nacionales y en los documentos de los organismos internacionales de cultura “el derecho a la lectura”. En estas páginas reúno ahora las opiniones, argumentos y puntos de vista de quienes no consideran que la lectura sea necesariamente un derecho y de quienes dudan incluso que pueda serlo al margen del derecho a la educación, así como también las opiniones de quienes consideran que explicitar en la ley el “derecho a la lectura” conlleva el riesgo de regularla convirtiendo un privilegio y un lujo en un deber.

En resumen, entre los cuarenta entrevistados (juristas, escritores, ilustradores, editores, promotores y especialistas de la lectura), uno de cada cuatro consideró que, definitivamente, no debe legislarle al respecto, o bien, como ya dijimos, manifestaron sus dudas en ese sentido o encontraron riesgosa o inadecuada la categorización legal “derecho a la lectura”.

El argumento común es que la ley puede ser contraproducente y limitar u obligar ahí donde sólo había el libre albedrío y el privilegio. Recogemos, en la otra cara de la moneda, las argumentaciones en este sentido que contribuyen al debate.