Nuevas luces sobre los orígenes de tenochcas y tlatelolcas

Nuevas luces sobre los orígenes de tenochcas y tlatelolcas
Por Leonardo Huerta en la Gaceta de la UNAM Núm. 4, 743

En la escuela aprendimos que desde un lugar llamado Aztlán o Chicomóztoc, los aztecas emprendieron su peregrinación al Valle de México guiados por Tenoch, quienes al llegar a la zona de los grandes lagos vieron un islote en el que había un águila sobre un nopal que brotaba de una piedra. Esta era la señal o pronóstico de que allí debían fundar Tenochtitlan, lo cual hicieron en 1325.

Trece años después un grupo se separó y estableció la ciudad de TlatelolcoA los primeros se les conoció como mexica-tenochcas y a los segundos como mexica-tlatelolcas, porque ambas ciudades estaban asentadas en la isla de México. Sin embargo, de acuerdo con investigaciones recientes, las casas reales de Tenochtitlan, Tlatelolco y Tlacopan tuvieron su origen en la de Azcapotzalco, ciudad habitada por los tepanecas, pueblo de origen chichimeca que dominaba gran parte del Valle de México.

Reescribir la historia

“La documentación de los siglos XVI y XVII que utilizamos para estudiar la peregrinación mexica está reelaborada porque los cronistas indígenas y españoles, apoyados en el relato de los más ancianos, recopilaron todos los documentos a su alcance para reescribir la historia. En ocasiones llegaron incluso a copiarse unos a otros, casi palabra por palabra, en una práctica conocida hoy como cortar y pegar (cut and paste).

El problema es que tomaron de aquí y de allá lo que les parecía más coherente o verosímil, y con ello reconstruyeron la historia, entremezclando tradiciones y versiones históricas. Esto lo demuestro en el primer capítulo de mi libro, donde hablo de dos de ellas: la de la Crónica X y la del Códice Y”, expuso María Castañeda de la Paz, especialista del Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA) y autora de Conflictos y alianzas en tiempos de cambios: Azcapotzalco, Tlacopan, Tenochtitlan y Tlatelolco (siglos XII al XVI), que en 2014 obtuvo el Premio Antonio García Cubas a la mejor obra científica.

En 1945, el estadounidense Robert Barlow llamó Crónica X a una fuente alfabética, hoy desconocida, en la que se habrían basado algunos cronistas para escribir sus trabajos; de ahí la semejanza de sus textos, como sucede, por ejemplo, con algunas partes de la Historia de las indias de Nueva España e islas de tierra firme, del fraile dominico Diego Durán, y de la Crónica mexicana (en español), de Hernando de Alvarado Tezozómoc.

Algo semejante ocurrió con un grupo de documentos pictográficos que siguen la versión histórica de la Tira de la peregrinación o Códice Boturini. En algún momento, alguien leyó su contenido y lo plasmó en un texto alfabético en náhuatl, donde todavía se conservaron algunas imágenes que otros autores copiaron. Es por eso que el Códice Aubin, el Manuscrito número 40y el Manuscrito número 85registran el mismo relato, aunque en la cuestión de imágenes difieren un poco. Esta interpretación es la que Castañeda de la Paz denominó Códice Y.

Crónica y códice

“Lo interesante es observar que, en el ámbito pictográfico, la Crónica X sólo incluye como lugar de origen Chicomóztoc (lugar de las siete cuevas), mientras que el Códice Y únicamente a la isla de Aztlán con el topónimo de Culhuacan en su otra orilla. Otra cosa son los textos alfabéticos, donde ambos lugares quedaron integrados en un solo relato debido a que los cronistas mezclaron la Crónica X con el Códice Y, entre otras fuentes.

Es lo que sucedió en la obra de fray Diego Durán antes citada, o en la Crónica Mexicayotl, de Hernando de Alvarado Tezozómoc, entre otras muchas, donde el punto de partida de la peregrinación suele estar en Aztlán, mientras que Chicomóztoc pasó a estar a lo largo del camino”, apuntó Castañeda de la Paz.

¿Cuál es la implicación de todo esto? Pues que si hay dos lugares de origen diferentes, tiene que haber dos pueblos que reclamen orígenes distintos. En este sentido, es necesario recordar que en la isla de México convivieron dos pueblos: los mexica-tenochcas y los mexica-tlatelolcas. Entonces debe determinarse cuál vino de un lugar y cuál del otro.

Tenochcas y tlatelolcas

El chichimeca era un pueblo nómada o seminómada, reconocido por su habilidad para la caza y la guerra. Se solía caracterizar a su gente vistiendo pieles de animal y portando el arco y la flecha.

En el Códice Xólotl–documento de Texcoco del siglo XVI– se representa la llegada del gran chichimeca Xólotl a la cuenca de México, donde fundó Tenayuca, que se erigió como capital chichimeca frente a Culhuacan, ciudad heredera del legado tolteca. Según esta fuente, unos años después llegaron a la región otros chichimecas: los tepanecas, liderados por Acolhua. Se presentaron ante Xólotl para solicitarle tierras donde asentarse. Xólotl no sólo les dio tierras para que fundaran Azcapotzalco, sino también casó a Acolhua con su hija para que dieran inicio a una nueva casa real.

“Claro que todos estos sitios, como Tenayuca, Azcapotzalco o la propia isla de México, ya estaban habitados. Así lo demuestra la arqueología. Por este motivo tenemos que entender que estos grupos que llegaron a la cuenca de México durante el Posclásico tuvieron la costumbre de hacer borrón y cuenta nueva del pasado, pues su llegada al poder implicaba el inicio de un nuevo tiempo, de una nueva historia.”

La arqueología revela que cuando los tenochcas llegaron a la región de los lagos, a principios del siglo XIV, en la isla de México ya vivían algunos colonos de Azcapotzalco, dedicados a la pesca y a la extracción de la sal. Fue con ellos con quienes años después se fundaría Tlatelolco, para lo que Tezozómoc de Azcapotzalco (hijo de Acolhua) envió a un hijo a gobernar e instaurar una casa real.

Esto significa que, étnicamente, los tlatelolcas eran chichimecas tepanecas, lo que aclara que, en el siglo XVII, fray Juan de Torquemada, que vivió muchos años en Tlatelolco, dijera que los tlatelolcas todavía se jactaban de ser más tepanecas que mexicanos, como se les llamaba a los tenochcas en la Colonia. “Por este motivo, está muy claro para mí que los tlatelolcas debían ser aquellos que clamaban que procedían de Chicomóztoc, lugar de origen que, no cabe duda, estaba asociado al mundo chichimeca. Por lo tanto, de ellos –de los tlatelolcas– debía ser la Crónica X”, apuntó Castañeda de la Paz.

De los tenochcas se sabe poco debido a la historia oficial que Izcóatl elaboró en 1428, en torno a la que cohesionó a su pueblo. Todo indica que en Tenochtitlan vivía una población diversa, que incluía a los migrantes del norte con grupos de la cuenca de México. Según las fuentes de Texcoco, Tezozómoc también les impuso a ellos un señor de Azcapotzalco y, por lo tanto, chichimeca-tepaneca. Sin embargo, cuando Itzcoatl llegó al poder le dio la espalda a la identidad chichimeca y miró hacia el mundo tolteca.

Fue entonces cuando creó Aztlán como lugar de origen para su gente e incluyó el paso por Culhuacan en el relato migratorio, con el propósito de indicar que su primer señor –Acamapichtli– fue producto de las relaciones matrimoniales de un tenochca con la hija del señor de Culhuacan durante los tiempos de su peregrinación. Ahora bien, ni a Aztlán ni a Chicomóztoc se les ha podido ubicar porque son lugares conceptuales, no geográficos. “Los pueblos simplemente decían: venimos de Aztlán o venimos de Chicomóztoc.

“Como ya afirmó Eduard Seler en el siglo XIX, Aztlán no era más que una proyección de Tenochtitlan hacia el pasado: dos islas con el cerro de Culhuacan en su otra orilla. El objetivo era indicar que desde los orígenes de su historia, los aztecas –futuros tenochcas– eran culhuas-toltecas, idea que se consolidaría a su paso por Culhuacan. Eso señala que, cuando Hernán Cortés llegó a la costa de Veracruz, su población se refiriera a los tenochcas como los ‘culuas’, que son los de Moctezuma. Se colige, por ello, que Aztlán-Culhuacan era el lugar de origen de los tenochcas”, finalizó Castañeda de la Paz.

Analizan la evolución de las palabras en 300 años

Analizan la evolución de las palabras en 300 años
Por Guadalupe Lugo en la Gaceta de la UNAM Núm. 4, 717

Investigadores de la UNAM realizaron un estudio en el que muestran, por primera vez, la forma en que ha evolucionado la frecuencia del uso de las palabras a lo largo de los tres últimos siglos. Los hallazgos fueron publicados en PLOS ONE, revista científica de reconocimiento internacional.

Con el empleo de herramientas de la física, matemáticas, estadística y de  cómputo, Germinal Cocho, Jorge Flores y Carlos Pineda, del Instituto de Física (IF), en colaboración con Carlos Gershenson, del Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas (IIMAS), y Sergio Sánchez, de la Facultad de Ciencias (FC), efectuaron la indagación para seis idiomas distintos: inglés, alemán, español, francés, italiano y ruso.

Pineda señaló que el propósito del proyecto es analizar las variaciones en el lenguaje; para ello, aprovecharon el proceso de escaneo masivo de libros de todo el mundo desde 1508 hasta 2012 (emprendido por Google).

“No sólo tenemos un corteen el tiempo de cómo es el lenguaje de hoy, sino cómo se ha modificado. Examinamos aspectos básicos, pues somos físicos y no lingüistas; vemos cuáles fueron las cien mil palabras más utilizadas cada año, con la idea de determinar los cambios.”

Principal hallazgo

Lo interesante es que, a pesar de las grandes revoluciones culturales y de que Alemania, por ejemplo, es muy diferente a Latinoamérica, todas las palabras, en los distintos idiomas, “parecen seguir un patrón similar: a mayor empleo de una, ésta tiene menor variable de rango, mientras que a menor uso, su cambio en el rango es mayor. Ese esquema fue nuestro principal hallazgo. Además, logramos modelarlo a partir de un caminante aleatorio”.

Entre los 20 sustantivos más utilizados en el año 1700 para el español destacan Dios, rey, cardenal y fe, mismos que en

2000 fueron sustituidos por vocablos como parte, Estado, años, vida y nacional.

El modelo de los universitarios les permitió determinar tres regímenes diferentes: cabeza, es decir, palabras estructurales más comunes; cuerpo, que comprende los vocablos de uso general, aquellos que se requieren para establecer una comunicación entre dos personas o para contar con un conocimiento básico del lenguaje, tal y como lo determinaron los lingüistas y, finalmente, la cola, que contiene términos más especializados.

La idea para modelar los cambios del rango de las palabras en el tiempo es una caminata aleatoria, en la que se escoge al azar el tamaño del siguiente paso, pero con cierta desviación estándar que indica qué tanto puede variar.

En este caso, la desviación estándar (el tamaño del paso) es proporcional al rango. Es decir, mientras más alto éste (menos uso de un término), potencialmente se moverá a más lugares (de manera aleatoria) cada año. Los más utilizados (intervalos menores) tienen pasos tan pequeños que en la práctica se mueven poco o nada, tal como sucede en los datos estudiados por los científicos universitarios.

Por ejemplo, el artículo en inglés the, es de bajo rango, pues su empleo es frecuente y así se ha mantenido en todos los momentos de la historia; no hay alteraciones significativas. “Lo que hicimos fue tomar una rebanada en el tiempo para determinar cuántas palabras diferentes estaban en el puesto 1713, por ejemplo; quizá en esa posición podría haber una o dos, o bien, hasta cien.

Mientras más pequeño sea el rango inicial, las variaciones son menores, pero entre más alto sea, se incrementan porque los vocablos cambian con mayor facilidad”, detalló. “Los lingüistas han estimado que hay un cuerpo de palabras común en todos los idiomas, un conjunto de uso frecuente que posibilita una comunicación básica que va desde las mil 500 a las tres mil. Éste es el primer modelo que lo confirma”, planteó Pineda.

Otra de las aportaciones es la posibilidad de hacer algunas predicciones estadísticas que podrían proporcionar información a los lingüistas.

Por último, el investigador emérito Germinal Cocho consideró que en física o en astronomía la Ley de Gravitación Universal de Newton, que describe la interacción gravitatoria entre distintos cuerpos con masa, “vale para las manzanas y planetas. Sin embargo, en fenómenos biosociales como el lenguaje no existe un factor único, son múltiples detalles que tienen mucho en común”.

Diseñan metodologías no destructivas para el estudio In Situ del patrimonio cultural

Diseñan metodologías no destructivas para el estudio In Situ del patrimonio cultural
Por Mariana Dolores en la Academia Mexicana de Ciencias

Ninguna representación de arte está exenta del paso del tiempo, con él, los deterioros se acentúan y en el intento por mantener ese registro se crean técnicas para aligerar ese desgaste permitiendo que una obra se conserve mejor. De esa necesidad nacen los restauradores de arte, generalmente historiadores de arte, pero ahora los científicos se han sumado a esa labor. El doctor José Luis Ruvalcaba Sil, del Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México (IFUNAM), y su equipo de investigación, diseñaron una serie de metodologías para analizar las obras y determinar cuál es la mejor técnica que deba emplearse para su restauración, y así salvaguardar el patrimonio cultural de nuestro país.

“Las técnicas tradicionales constan de tomar una muestra de la obra y al rasparla, se daña. Nosotros proponemos estudiar las creaciones a través de trabajos no invasivos, mediante el estudio de los espectros, y para ello diseñamos el proyecto Móvil I y II, más la Red ANDREAH –Red de Análisis No Destructivo para Estudios en Arte, Arqueología e Historia”, apuntó el investigador del Departamento de Física Experimental.

Desde pinturas hasta documentos, Ruvalcaba, actual director del Laboratorio Nacional de Ciencias para la Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, comienza su labor con el estudio de la historia de los materiales de las obras y su composición, ya que esta información le permite caracterizar dichas obras. “Esta información es útil para tomar decisiones a posteriori sobre el tipo de reparaciones que se deben de hacer”, precisó el físico.

La caracterización de una obra

La caracterización de una obra siempre dependerá de la complejidad del objeto de estudio. La primera fase consiste en aplicar técnicas de imágenes para determinar los rasgos generales de los materiales involucrados, así como las restauraciones previas que haya tenido la pieza. Para ello, la observación minuciosa por medio de microscopía óptica complementa el examen del objeto.

“La segunda etapa consiste en el uso de técnicas instrumentales en áreas representativas de la obra. Se emplean las espectroscopias de fluorescencia de rayos X, además de mediciones con espectrómetros de luz visible cercano al infrarrojo que permiten realizar medidas de colorimetría”.

Algunas pinturas, añadió Ruvalcaba Sil, tienen diferentes capas de barnices para protegerla pero no permiten ver la pintura original, por lo que usan diferentes filtros como luz infrarroja, que además de acentuar el color facilita ver si en las restauraciones previas se usó el mismo color o fue diferente.

Algunas técnicas que ayudan a la caracterización

Debido a la antigüedad de algunas pinturas es necesario considerar que los colores utilizados en el pasado eran orgánicos, lo que lleva a analizar en la obra la composición de la pintura empleada, y es aquí cuando entra en operación la técnica llamada espectrometría infrarroja.

“Esta técnica proporciona un espectro de reflexión de las bandas de los grupos funcionales de las sustancias inorgánicas y orgánicas, por lo cual es posible realizar una identificación de los materiales. El equipo dotado de una sonda con fibra óptica permite el análisis directo de la superficie del objeto de estudio. Recientemente se cuenta de manera adicional con el equipo Alpha de Bruker con un módulo de reflexión – sin fibra óptica- para el estudio de minerales y pigmentos”.

Otra técnica es la llamada espectroscopia RAMAN, la cual permite obtener espectros característicos de minerales y de los compuestos químicos de los materiales tras la interacción energética con un haz de láser, lo que da lugar a vibraciones de los enlaces químicos. Es útil para materiales orgánicos e inorgánicos, comentó el integrante de la Academia Mexicana de Ciencias.

El especialista destacó como aspecto relevante que todos estos estudios se realizan en el lugar donde se encuentra la obra sin necesidad de tener que trasladarla para su estudio, por lo que ésta puede permanecer en el museo o en el lugar donde habitualmente se encuentre, con el fin de ahorrar los gastos de traslado de las piezas y otras desventajas que se pudieran tener al mover una obra de arte o documento antiguo a su laboratorio, un lugar donde no existen las condiciones para albergar este tipo de obras, “por lo que preferimos llevar el laboratorio al museo”.

Hasta ahora, este equipo interdisciplinario, integrado por personal de investigación de distintos Institutos de la UNAM, ha analizado con estas metodologías documentos y manuscritos, incluyendo códices y libros antiguos, hasta estudios de procedencia lítica -obsidiana, piedras verdes, turquesas.

Entre los estudios más relevantes se encuentran, el Acta de la Independencia de México de 1821, la colección Montejo del INAH, libros de coro del siglo XVII al XIX del acervo de la Catedral Metropolitana de Ciudad de México y de la Catedral de Puebla, y los exlibris, anotaciones y dibujos coloniales del libro la Divina Proportione de 1509 de la Facultad de Ingeniería de la UNAM.

El doctor José Luis Ruvalcaba Sil convocó a redoblar esfuerzos para consolidar el grupo mexicano de investigación en esta área, formar recursos humanos especializados en el ámbito del estudio interdisciplinario de los materiales históricos y de las colecciones nacionales. Además de integrar bases de información de los materiales y objetos, así como de las colecciones más relevantes del patrimonio cultural e histórico nacional, e integrar bases de materiales de referencias para colecciones mexicanas como elemento fundamental para su caracterización y preservación.

Descifrado el jeroglífico de la tumba del rey Pakal

Descifrado el jeroglífico de la tumba del rey Pakal
Por Laura Romero en la UNAM Núm. 4, 702

Durante décadas, un enigmático, importante y elusivo glifo maya, conocido como T514, calló su significado; presente en el nombre de la tumba del gobernante palencano Pakal y en numerosas inscripciones que relatan guerras, invasiones a ciudades, capturas y sacrificios de prisioneros, entre otros temas bélicos, intrigó a los especialistas de todo el mundo en el desciframiento de la escritura maya.

Exactamente a 63 años de haber sido descubierta la cámara funeraria más imponente y espectacular de la América precolombina, el 15 de junio de 1952, y con el trabajo de Guillermo Bernal Romero, del Centro de Estudios Mayas (CEM) del Instituto de Investigaciones Filológicas, quien descifró el glifo yej: filo, ha sido posible leer, por primera vez, íntegramente y en su lengua original, el nombre de la tumba.

En el Templo de las Inscripciones, donde se ubica la cámara funeraria hallada por el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier, se lee: b’olon yej te’ naah u k’ab’a’ u mukil k’inich jan[aahb’] pakal k’uh[ul] b’aakal ajaw, es decir, “La Casa de las Nueve Lanzas Afiladas es el nombre de la tumba de K’inich Janaahb’ Pakal, Sagrado Gobernante de Palenque”. El misterio ha sido aclarado.

En las fauces del jaguar

Antes del logro epigráfico de Guillermo Bernal, T514 no tenía lectura. Era un glifo con una clave en el catálogo del mayista inglés Eric Thompson, que había causado grandes dolores de cabeza a los especialistas, quienes a pesar de no haberlo podido interpretar, conocían su importancia y su relación con contextos bélicos. “Se ensayaron varias lecturas; se dijo que podía significar algo así como el trabajo de algún gobernante o guerrero, o el acompañante, pero ninguna de ellas fue convincente. Era un glifo que en realidad no estaba descifrado, aunque se sabía que a veces tiene un complemento fonético al principio y otro al final: ye-YEJ-je”, relató el universitario.

Como sus colegas, él lo venía rastreando desde hace tiempo. “A veces a la gente le parece increíble que los jeroglíficos mayas puedan ser decodificados; no es tan complicado si se siguen las pistas correctas y se aplica el método probado de desciframiento”.

Llegar a comprender el significado de T514, yej: filo, fue el resultado de una búsqueda sistemática con otras líneas de investigación. “Al estudiar otros aspectos del jaguar, animal sagrado para los mayas, revisé varios cráneos; al ver el molar superior, llamado diente carnicero, me dio la impresión de que su forma la había visto en alguna parte, en un glifo”.

En la memoria, algo le decía a Guillermo Bernal que esa pieza, con tres puntas y una forma lobulada, con una especie de ondulación en la parte de arriba, se parecía a un glifo. No se equivocó: la forma básica del misterioso logograma, en efecto, refleja al temible molar del jaguar, que para los mayas fue un referente adecuado para expresar la palabra yej: filo. Al unir los glifos yejy te’, lanza, los mayas formaron la expresión yej te’, lanza afilada, que generalmente aparece en su escritura.

El significado de T514 estaba escondido en las fauces del jaguar. “Una vez reconocida la pieza dental, empecé a ensayar lecturas y vi el patrón: los glifos que ex presan una palabra, o logogramas, utilizan algún elemento que tiene relación con el significado; para expresar el término filo, el elemento más oportuno, más relevante y apropiado era justamente un diente de jaguar. Los molares y premolares del animal son tan fuertes que además tienen un efecto de tijera y pueden quebrar los huesos más gruesos de la presa”.

Lanzas afiladas en el mundo maya

La Casa de las Nueve Lanzas Afiladas, B’olon Yej Te’ Naah, es un nombre relacionado con los nueve guerreros que fueron representados en los muros de la cámara mortuoria de Pakal el Grande. Es una denominación que glorifica la guerra como factor clave del poderío de Palenque y, particularmente, de las victorias que sobre otros señoríos vecinos logró el propio gobernante durante su reinado.

El número nueve, expuso el epigrafista, se relaciona con la guerra y el inframundo; era el número de estratos del mundo subterráneo. “De hecho, el Templo de las Inscripciones tiene nueve cuerpos. El nombre de la tumba está en esa misma línea de significados y con seguridad fue elegido por el propio Pakal”.

El desciframiento del glifo yejtiene más implicaciones que permiten interpretar textos que eran incomprensibles o que no se entendían bien: guerras, capturas, nombres de casas, de dioses o de patronos de la guerra, provenientes no sólo de Palenque, sino también de Toniná, Piedras Negras, Dos Pilas, Yaxchilán y Dzibanché, entre otros sitios.

La escalera jeroglífica de Palenque registra que en el año 659 dC fueron capturados varios jerarcas de las ciudades de Santa Elena y Pomoná, Tabasco, “por las lanzas afiladas del dios B’olon Yookte’ (deidad patrona de la guerra) y de K’inich Janaahb’ Pakal, acreditando la victoria a ambos, como resultado de un esfuerzo conjunto, humano y divino”.

Bernal Romero considera fascinante esta información, pues confirma que las guerras mayas tenían una naturaleza sagrada y que los esfuerzos humanos podían ser vanos si no contaban con el favor de las deidades. Varios años después, en 687, K’inich Kan B’ahlam, hijo y heredero de Pakal, invadió y conquistó la ciudad de Toniná. De acuerdo con una inscripción, esa victoria fue lograda por las lanzas afiladas de ese gobernante y de Wak Mihnal B’ahlam Ch’aaj Il Sib’ik, otra deidad guerrera.

Del lado de los oponentes, K’inich B’aakanal Chaahk, gobernante de Toniná, emprendió una campaña contra Palenque

(en venganza por la invasión palencana de aquel año) a la que llamó b’olon yej te’ tz’on, o el arrojamiento de las nueve lanzas afiladas. “Toda esa información nos quita definitivamente la idea de una civilización maya pacífica y filosófica, entregada al culto y la oración. Las escenas lo dicen y cuanto mejor leemos los textos, entendemos más, no sólo de la existencia de las guerras, sino además de una filosofía bélica, de una actividad sacralizada, sistemática y constante, vinculada con los dioses.”

Los mayas fueron ambiciosos, como todas las grandes culturas del mundo antiguo: chinos, romanos, asirios o egipcios.

Peleaban todo el tiempo, señaló el especialista, también descubridor del ciclo de 63 días en el calendario maya.

De igual manera, la expresión está presente en títulos guerreros, como el yajaw yej te’, vasallo de la lanza afilada, que empleó el gobernante palencano K’inich Ahkal Mo’ Naahb’, nieto de Pakal.

El anunció de este hallazgo se hace no sólo en el aniversario 63 del descubrimiento de la tumba de Pakal, sino además de la fundación del Centro de Estudios Mayas, el 15 de junio de 1970, a cargo de Alberto Ruz, arqueólogo francés naturalizado mexicano. “El doble festejo es una ocasión significativa para nuestra entidad universitaria, y para celebrarla no hay nada mejor que una buena noticia académica, en la que se da a conocer el nombre original del recinto funerario más monumental de la antigua civilización maya”, finalizó.

La enseñanza de lenguas como puerta al mundo

La enseñanza de lenguas como puerta al mundo
Por Rebeca Ferreiro en la Gaceta UdeG Nº 836

“Uno de cada tres mexicanos recibe remesas de los Estados Unidos y aun así tenemos una educación pública nacionalista de la victimización, por lo que el aprendizaje del inglés muchas veces es percibido como una especie de colonización mental”, comentó Denise Dresser, moderadora del Primer Foro de Políticas Educativas de la Enseñanza del Inglés en México, en el marco de la vigésima edición de la Feria Internacional de Idiomas (FIID).

La feria, que comenzó hace 20 años como un espacio local de intercambio entre docentes sobre experiencias y estrategias para la enseñanza, ha experimentado una evolución que la ha convertido en el espacio donde actualmente profesores, directivos escolares, gestores educativos, investigadores y editores a nivel nacional e internacional convergen para dialogar sobre los retos del aprendizaje de lenguas y “ser los gestores del cambio”, como apuntó Edwin Bello, director general del Sistema Corporativo Proulex Comlex.

En la ceremonia de inauguración se dieron cita representantes de distintos centros de enseñanza, de la Secretaría de Educación Pública, del gobierno del estado, de la organización Mexicanos Primero y de la universidad invitada de este año, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), para abordar “cómo están cambiando los paradigmas de aprendizaje de lenguas en la era tecnológica y discutir temas de vanguardia, como es el de esta edición acerca de la reingeniería de la enseñanza”, señaló Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla, Rector General de la Universidad de Guadalajara, quien dio la bienvenida a asistentes y ponentes e hizo entrega de un reconocimiento a Roberto Criollo Avendaño —director de la Facultad de Lenguas de la BUAP— en representación de la casa de estudios invitada.

Sobre la mesa de debate quedaron de manifiesto los retos que en la actualidad se le presentan a las universidades, donde el aprendizaje de lenguas extranjeras se ha convertido en una necesidad prioritaria dentro de un contexto en el que, por un lado, la globalización pone en contacto (a distintas escalas) a profesionales y académicos en todo el mundo y, por otro, las tecnologías de la información y la comunicación (TICs) han establecido una exigencia implícita de aprendizaje, cuando el 56 por ciento de los contenidos disponibles están en inglés.

Por ello, el reconocimiento de éste como lengua franca —de comunicación en cualquier latitud y para distintos objetivos— no sólo representa un reto para la currícula de los centros educativos, sino una necesidad nacional que debe ser atendida como prioridad por el Estado mediante políticas públicas que propicien el acercamiento a otras lenguas, entendiéndolas como el medio para alcanzar diversos fines y no como un fin en sí mismo, así como también evitar concebirlas como una pérdida de identidad para comenzar a verlas como la puerta que comunica a múltiples mundos.

Pero entre “nuestros buenos deseos y la realidad existe una distancia amplia, pues no hay mecanismos suficientes para garantizar que la ley se cumpla”, aseguró Criollo Avendaño al referir que en México, mientras seguimos sin resolver los desafíos del bilingüismo, muchos otros países, como tendencia global, han avanzado hacia el plurilingüismo y desde los niveles básicos, un aspecto descuidado en nuestro contexto; lo que hay que enfrentar educativa y culturalmente, si bien es una problemática “esencialmente sistémica” —apuntó Jennifer O’ Donoghue, directora de investigación Mexicanos Primero—, de un sistema de simulación que pondera los títulos al aprendizaje, además de que, según señaló, “tampoco tenemos un sistema que ponga en medio a los maestros, pues 3 de cada 10 profesores de inglés no han tenido ni una capacitación para desempeñarse como docentes. Tenemos demasiada política y muy poca política pública; falta visión a largo plazo”.

Ante este panorama, las universidades se ven obligadas a proponer modelos que abonen a revertir un rezago histórico en la materia. En el caso de la Universidad de Guadalajara “el reto es mejorar la enseñanza a nivel medio y superior a través de una política integral de la docencia de idiomas, en la que ya estamos trabajando”, aseguró Bravo Padilla frente a los más de 100 ponentes de 15 entidades de la república y de 13 países, en el evento más grande en su tipo a nivel nacional con más de 2 mil asistentes.

¿Qué tienen en común arte y ciencia?

¿Qué tienen en común arte y ciencia?
Por Emiliano Cassani Serrano en Foro Consultivo Científico y Tecnológico

La estructura educativa mexicana planteó desde sus inicios regir arte y ciencia como dos universos contrapuestos: por un lado, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), y por otro, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), lo que ocasiona que los estudiantes salgan formados de las distintas universidades públicas y privadas con una limitada visión del mundo, coincidieron en señalar especialistas participantes en el Coloquio Imagen en la Ciencia.

Dicho coloquio abordó la necesidad imperante de construir realidades sociales con distintas formas de visiones del mundo (arte, ciencias y humanidades): “ya que si sólo se toma en cuenta un área del conocimiento, por ejemplo de la ciencia, y si son los científicos los que a través de los distintos instrumentos de visualización proporcionan a la sociedad –además del fenómeno– la imagen, ésta termina por ser una forma arbitraria de presentar una interpretación de la realidad”, comentó la maestra María Antonia González Valerio, docente de la Facultad de Filosofía y Letras (FFL) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

González Valerio planteó la necesidad de que artistas puedan tener acceso a instrumentos de medición especializados que utilizan los científicos, para otorgar a la sociedad una representación de la realidad más completa, “esto porque las artes tienen una posibilidad de dislocación, de ser disruptivas sobre los modelos de interpretación del mundo y entonces transformar el sentimiento de absoluta confianza que a partir de la invención de las máquinas que cuantifican y matematizan una cierta fenomenología, son las dadoras de la verdad absoluta”, señaló.

La catedrática de la FFL puntualizó en la necesidad de trabajar colectivamente, “no hay forma en que un individuo pueda tener todos los conocimientos juntos dentro de sí mismo (arte, ciencias y humanidades), tiene que seguirse impulsando el modelo renacentista de educación que promueve la interdisciplina, multidisciplina y transdisciplina”.

El coloquio fue moderado por el doctor José Franco López, coordinador general del Foro Consultivo Científico y Tecnológico A.C. (FCCyT), quien reiteró que el pilar de la educación en México tiene que ser la exacta vinculación de arte, ciencias y humanidades: “Somos muy necios al intentar que toda la ciencia quepa en una obra de arte, cuando sería maravilloso darnos cuenta que en el arte hay cabida para la obra científica”. Franco recordó que en estos días se exhibe la muestra Fotografía científica, de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia (DGDC-UNAM), entre las puertas 4 y 5 de la terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM)

En su turno, la maestra Silvia Angélica Barajas, de la Facultad de Artes y Diseño (FAD) opinó que desde su perspectiva, el artista productor de imágenes tiene que dejar de lado el ego que caracteriza esa área de conocimiento y empezar a trabajar en colectivo, “algo que me queda claro, es la necesidad de trascendencia que requiere el artista de la actualidad, sin embargo tenemos que empezar a romper las murallas que interponemos ante nosotros”.

¿Cuál fue la primera conversación entre humanos?

¿Cuál fue la primera conversación entre humanos?
Por (Nature Communications) en Cinvestav: Avance y Perspectiva

Un equipo de investigadores de todo el mundo trataron de darle respuesta a una enigmática pregunta. ¿De qué hablaron los primeros hombres?

El lenguaje es una de las características principales que nos distingue del resto de los seres vivos. Sin embargo la historia del lenguaje esta llena de vacíos.

Según un nuevo estudio, los humanos desarrollaron esta habilidad hace 1,8 y 2,5 millones de años, en el momento en que empezaron a desarrollar herramientas. La hipótesis es que la capacidad de comunicarse fue la que facilitó la transmisión de conocimiento para fabricar herramientas que cortaran la carne de animal.

Thomas Morgan, autor principal del estudio e investigador de la Universidad de California, dijo que: “Si alguien está tratando de aprender una destreza nueva que requiere mucha sutileza, ayuda tener un maestro que te corrija.[…] Uno aprende mucho más rápido cuando alguien te dice qué tienes que hacer.”

Natalie Uomini, investigadora del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Alemandia, añade que: “Hay un lugar específico en la roca donde tienes que golpear, a un ángulo de 70º.[…] el concepto de ángulo es muy difícil tratar de explicar sin recurrir al lenguaje”.

La investigadora señala que también las palabras si y no, debieron ser importantes.

Para medir el ritmo de transmisión de conocimiento y establecer si formas de comunicación complejas como el lenguaje hacen alguna diferencia en la producción de herramientas, los investigadores dividieron a 184 estudiantes en “cadenas de aprendizaje” de entre 5 y 10 miembros. Unos incluían comunicación verbal, otros se limitaban a gesticulación o imitación.

El primer miembro de la cadena recibió una demostración de cómo tallar, los materiales en bruto y cinco minutos para intentarlo. Esa persona después le enseñó a la siguiente y así sucesivamente. La competencia podía utilizar instrucciones verbales.

Los investigadores se percataron de que aquellos que utilizaron comunicación verbal, producían herramientas más eficientes, en menos tiempo y mayor cantidad. Lo cual asumieron como una prueba para decir que el lenguaje ayudó en el proceso de fabricación de herramientas.

“Si alguien está intentando aprender una nueva habilidad que necesita sutileza, es de mucha ayuda tener un maestro para que te corrija.[…] Aprendes mucho más rápido cuando alguien te dice qué hacer”,  señaló Morgan.

A partir de sus hallazgos, los investigadores tienen la teoría de que este protolenguaje evolucionó poco a poco hace 1,7 millones de años. El calculo lo hacen a partir del momento en que hubo un cambio en el desarrollo de herramientas, aunque no saben cual dio pie a la otro, si el lenguaje a las herramientas o viceversa.

Uomini señala que:

“Es evidente que no se puede robar si de hecho esto fue lo que dio origen al lenguaje.[…] Nunca sabremos lo que ocurrió en el pasado, pero esto es simplemente un elemento que apunta a que el lenguaje estuvo involucrado y de alguna manera conectado con el origen de la fabricación de herramientas.[…] Sería interesante estudiar este proceso en gente de distintas culturas para ver si existen diferencias o en chimpancés, y comparar los resultados. Pero nuestro experimento muestra que el lenguaje es lo que marca una diferencia. Y tiene que ver más con la actividad en sí que con la gente que la hace.”

Investigadores logran fortalecer la lengua Huichol

Investigadores logran fortalecer la lengua Huichol
Por Mariana Dolores en la Academia Mexicana de Ciencias

Las lenguas son como ciudades en movimiento: sistemas dinámicos que realizan diversas funciones, cuya infraestructura sirve para canalizar una gran variedad de actividades u operaciones, y cuando dejan de satisfacer esas funciones, desaparecen. El trabajo de lingüistas como el que lleva a cabo el doctor José Luis Iturrioz Leza, de la Universidad de Guadalajara, es más que un simple análisis de la estructura de aquéllas, traspasa esa labor y se convierte en “reforestador” de lenguas indígenas.

Desde hace treinta años el especialista se ha enfocado a estudiar la lengua huichola “wixárika” -que se habla principalmente en Jalisco, Nayarit, y en algunas partes de Durango y Zacatecas- de la que ha escrito una exhuaustiva gramática desde un modelo operacional, así como recopilado y definido alrededor de 130 mil palabras que, como él mismo dice, por sí solas no dicen nada, pero si se toma en cuenta que el Diccionario Universal Alemán registra 70 mil artículos y el de la Real Academia 80 mil, se habla de una riqueza sin igual e indica que la obra esté todavía lejos de concluirse.

“México es un país orgulloso de sus pirámides, pero el valor de una pirámide comparado con el de una lengua, es de un valor depreciable. Una lengua es un tesoro infinitamente más valioso que una pirámide, pues si conservamos un dibujo de la construcción, los arquitectos pueden reconstruirla igual, pero si una lengua muere, muere para siempre, no hay manera de reconstruirla partiendo de unos cuantos fragmentos”, dijo el doctor Iturrioz Leza.

Lo anterior significa que se tienen que hacer más esfuerzos para conservar y transferir las lenguas a las generaciones siguientes, a las que no se les haría ningún favor permitiendo que desaparezcan, sostuvo. Es por esta razón que está próximo a publicarse el diccionario de la lengua huichola, así como el inicio de la publicación de la gramática de esta lengua –en sus dos versiones: científica y didáctica-, la cual se prevé abarque casi 10 volúmenes.

En este campo de la lingüística indígena mexicana, en opinión del especialista, la investigación es todavía insuficiente y una buena parte de las lenguas que se hablan en el país (de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2010 del INEGI, en México se hablan 89 lenguas indígenas) disponen a lo sumo de gramáticas elementales.

“Para la creación del diccionario huichol fue sencillo llegar a las cinco mil palabras, pero ir más allá fue un trabajo lexicográfico titánico, pues implicó penetrar en muchos dominios culturales complejos. No digo que no nos falte nada, pero lo que tenemos representa una parte de lo que es la grandeza del lenguaje huichol. En cada lengua las palabras hay que buscarlas de diferente manera, así como la gramática es diferente, los léxicos también están estructurados de manera distinta; la investigación de la gramática y la lexicografía deben ser paralelas porque se complementan”, explicó el investigador del Departamento de Estudios en Lenguas Indígenas.

El proceso de recopilación y definición de palabras que realizó el doctor José Luis Iturrioz Leza fue a través de la lengua viva, principalmente, más que con textos, porque la lengua empleada en la comunicación directa es una parte de la conducta humana y resulta importante analizarla. Esa comunicación se cristaliza en textos pero estos quedan descontextualizados y no revelan todos los datos que los lingüistas requieren para investigar una lengua. “Si los textos se toman en serio podemos inducir un gran acervo de conocimientos, pero la lingüística no puede dejar de lado el habla directa y la conducta verbal”, dijo el también integrante de la Academia Mexicana de Ciencias.

La creación del lenguaje

Para poder reforestar una lengua es necesario entender antes el proceso de construcción del lenguaje humano, el cual se investiga en tres grandes niveles: el origen y desarrollo del lenguaje en el proceso de hominización (de primates a humanos) y de desarrollo diacrónico de nuevas lenguas, llamado filogénesis del lenguaje; el siguiente nivel es la ontogénesis, que significa la manera en cómo construye cada ser humano su lengua particular a partir del nacimiento, y en tercer lugar la logogénesis, el estudio de los procesos que llevan a la producción de textos o conversaciones.

“En esos tres niveles nos movemos los lingüistas, en un nivel muy general que sería el lenguaje, esa capacidad del ser humano para hablar con signos organizados en sistemas complejos, en segundo lugar la estructura de cada lengua y su adquisición, y en tercer lugar, el habla, el discurso y el texto como producto del lenguaje”.

A lo anterior se puede añadir que en cada conversación el lenguaje se está recreando, continuamente tienen lugar modificaciones y variaciones de las reglas; la historia de una lengua es una historia de cambios graduales. Por ejemplo, planteó el investigador que hace unos cuantos años no se decía “se detuvieron a los ladrones”, se habría considerado una construcción agramatical, lo correcto era “se detuvo a los ladrones”; y ahora es muy frecuente, en diversos países de habla española, decir “se detuvieron a los ladrones”. Muchos cambios como éste están teniendo lugar en la actualidad sin que apenas nos demos cuenta.

“En este ejemplo tenemos una construcción extraña, aparentemente el verbo concuerda con el objeto, no con el sujeto, como era la regla tradicional. Ante este fenómeno caben dos actitudes: por un lado considerarlo como error y prescribir que no hay que hablar así, hay instituciones que se encargan de condenarlo, pero creo que nadie se atreve ya a condenar una estructura de ese tipo porque se ha impuesto, es normal en toda la comunidad hablante. Hay cambios de este tipo constantemente en la lengua, y cuando se acumulan ya no resulta fácil entender textos de un estadio anterior. Un texto clásico como Don Quijote, escrito a principios del siglo XVII, resulta difícil de entender, ya no digamos el poema del Mío Cid, sólo los filólogos lo entienden completamente y con toda su riqueza”, sostuvo.

Iturrioz Leza apuntó que es necesario recordar que así como hay lenguas que cambian y se adaptan, hay otras que desaparecen, y la pérdida de una lengua es la pérdida irrecuperable de un tesoro invaluable. “Debemos aprender todos los mexicanos en sentirnos ricos por el hecho de que haya pueblos que hablan otras lenguas aunque nosotros no las hablemos, y abandonar la postura egoísta de ´y a mí para qué me sirve´. La investigación de cada lengua aporta al conocimiento de la humanidad, es tesoro de conocimientos”.

Cuánto leemos los mexicanos

Cuánto leemos los mexicanos
Por Martín Vargas Magaña en la Gaceta UdeG Nº 818

“Lee y conducirás, no leas y serás conducido”
St. Teresa de Jesús

Siempre ha sido una preocupación del sector público educativo y cultural en nuestro país el fomento de la lectura. Desde las épocas de José Vasconcelos como Secretario de Educación Pública, en las postrimerías revolucionarias a principios del siglo pasado, cuando se dio gran impulso a la educación popular e importancia a la lectura, hasta la promulgación de la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro el 23 de julio de 2008, se ha reconocido que la falta de lectura en México es un problema crónico que no se resolverá por decreto. Vasconcelos estableció las escuelas rurales (Casas del Pueblo) que convocaron a las comunidades a un esfuerzo de alfabetización con el fin de unificar el país culturalmente, creó bibliotecas, celebró con gran éxito la primera Exposición del Libro en el Palacio de Minería y formó un amplio catálogo de publicaciones, entre las que destacaban una serie de clásicos de la literatura universal.

En los sexenios más recientes se instauraron diversas iniciativas que han abarcado desde la creación de paquetes didácticos de estímulo y formación de lectores, adecuados para cada nivel de la educación básica, dirigidos a educandos, docentes y padres de familia; campañas educativas e informativas a través de los establecimientos de enseñanza y los medios de comunicación social; becas, premios y estímulos a la promoción, edición y fomento de la lectura y el libro; emisiones de programas de radio y televisión dedicados a la lectura y el libro; hasta el establecimiento de talleres literarios, rincones, círculos y salas de lectura. Pero no ha sido suficiente. Mientras que en México el promedio de libros leídos al año es de 2.9, en Finlandia es de 47, en Islandia 40, en Noruega 18, en Alemania 15, en España 10.3 y en Portugal 8.5.

De acuerdo con las dos Encuestas Nacionales sobre Lectura (ENL) más recientes, realizadas en 2006 y 2012, las cosas van de mal en peor. En la ENL 2006 ante la pregunta “¿Usted lee libros?”, 56.4 por ciento de los encuestados respondió afirmativamente, mientras que 43.6 por ciento admitió que no lo hacía, y 30.4 por ciento dijo “haberlo hecho en algún momento de su vida”. En tanto que en la ENL 2012, la relación se invirtió: respondió afirmativamente 46.2 por ciento, y admitió que no lee libros 53.8 por ciento de los entrevistados, mientras que un 34.4 por ciento dijo haberlo hecho en algún momento de su vida.

Una caída de más de 10 puntos porcentuales entre ambas encuestas, que se traduce en que menos de la mitad de la población mayor de 12 años en el país dice leer libros.

De la revisión cuidadosa de los datos arrojados por la última ENL, se desprende que quienes leen menos son los jóvenes de 24 años que han concluido la universidad; ahí es cuando empieza la caída del hábito lector. Mientras estamos en los distintos grados escolares los mexicanos seguimos leyendo, pero una vez que salimos del circuito escolar dejamos de leer. Cuando se nos pregunta “por qué no leemos”, las respuestas más comunes son: “por falta de tiempo”, “porque no nos gusta leer” o “porque preferimos otras actividades recreativas”. Quienes argumentan falta de tiempo van desde los 12 hasta los 52 años de edad, son hombres o mujeres indistintamente, y lo mismo poseen educación básica que un posgrado. Quienes dicen no leer porque no les gusta son principalmente personas de más de 46 años que carecen de estudios, o curiosamente, aquellas personas que tienen estudios de posgrado.

Por otra parte, un 34 por ciento de los jóvenes entre 18 y 24 años declaran que no leen, o no leerían, porque se les hace muy difícil. Este dato resulta particularmente revelador, ya que son estos jóvenes quienes están en edad de cursar estudios de nivel superior y seguramente muchos de ellos abandonan sus estudios por la complejidad del lenguaje que tienen que leer y dominar, y ante lo cual declaran no estar preparados. Algo deberíamos estar haciendo en las universidades para intentar corregir esta situación.

Por otra parte, el promedio nacional de mexicanos que no leen “porque les da flojera” representa la tercera parte del universo de no lectores. Y un porcentaje significativo dice que no tienen el hábito de la lectura porque no saben qué leer o porque no tienen a la mano lecturas que les interesen.

¿Cómo enfrentar esta situación? Como dice el evangelio según Juan: In principium erat verbum… El asunto de la lectura reclama cambiar de hábitos de vida y un primer paso es bajar la exposición de televisión, cuyo promedio de consumo es de cuatro horas y 45 minutos diarios entre los mexicanos. Debemos dar ejemplo en casa, sobre todo ante nuestros niños y jóvenes apagando la televisión y encendiendo un libro. ¿Te animas?

Educación, lectura y realidad social

Educación, lectura y realidad social
Por Juan Domingo Argüelles en Campus Milenio

La lectura en México, ¿podría estar mejor que la educación? Es una pregunta (im)pertinente y, como tal, merece una respuesta similar. (A menudo, en nuestro país, la pertinencia deja de serlo, y se convierte en insolencia, si privilegia la verdad.) La lectura va asociada a la escuela, indispensablemente: primero con la alfabetización y después con el uso de la lectoescritura, es decir con la instrumentación de los poderes del alfabeto. Ningún programa de lectura, en ninguna parte del mundo, puede tener algún éxito si la escuela no es, así sea medianamente, una escuela lectora.

El problema es que tenemos una escuela de tareas y no precisamente de lecturas: una escuela donde una gran cantidad de profesores no lee ni quiere leer, sin que esto sea su culpa, pues los profesores también se formaron en el mismo sistema educativo del que hoy son docentes. Además es cierto (y del todo innegable) que la cultura y la educación no pueden estar mejor que la realidad social, íntimamente vinculada a la eficacia o a la inepcia de las estructuras administrativas y de las políticas gubernamentales. Si tuviéramos un elevado índice lector y un muy alto desarrollo cultural, pese a tener una educación deficiente, sería asunto no de la sociología sino de la magia. No existen países con estas características. Todas las naciones hacen depender su desarrollo cultural y su índice de lectura de la eficiencia educativa.

Que en un país atrasado (iba a escribir arrasado) educativa y culturalmente existan excepcionales lectores es del todo comprensible. También existen grandes deportistas, artistas e intelectuales, todos ellos de excepción, a pesar de no existir una eficiente administración pública del deporte ni un aparato gubernamental capaz de hacer realidad la profesionalización del arte y la cultura y capaz también, en consecuencia, de ampliar y formar públicos que aprecien y disfruten los bienes y servicios culturales.

Si nos referimos al deporte, veremos que algunos campeones mundiales u olímpicos han logrado serlo no como consecuencia de apoyos institucionales, sino gracias a su tenacidad, su talento y su empeño individuales y contra todo obstáculo (incluso institucional). Atletas que no tenían dónde entrenar, triunfaron internacionalmente, en la medida de sus posibilidades, gracias a su perseverancia personal.

Pero no está de más recordar que los grandes muralistas mexicanos y que una buena parte del arte y la literatura de la primera mitad del siglo XX florecieron, en alguna medida, gracias el afán de Vasconcelos, Bassols y Torres Bodet al frente de la Secretaría de Educación Pública. Si Vasconcelos no hubiese facilitado los muros de los edificios públicos a Rivera, Siqueiros y Orozco, y si al frente de las instituciones culturales no hubieran estado escritores e intelectuales como Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Andrés Iduarte, Celestino Gorostiza y otros más, el desarrollo artístico, educativo y cultural de México no hubiera alcanzado, tan evidentemente, el esplendor que consiguió y que luego perdió con la desaparición de estas excepcionales generaciones.

Si hemos de decir la verdad, la obra universal de Juan Rulfo muy poco o nada tiene que ver con el desarrollo cultural del país o con el apoyo institucional para su creación literaria en la segunda mitad del siglo XX; antes, por el contrario, Rulfo ni es fruto de la educación formal mexicana ni del incentivo de las instancias oficiales. (Que Rulfo haya publicado originalmente, en 1953 y 1955, sus libros en el Fondo de Cultura Económica no quiere decir que sin el Fondo de Cultura Económica Rulfo hubiera fracasado. Rulfo está más allá de sus editores: se debe a su genialidad y a sus lectores.)

Grandes pensadores, deportistas y artistas son, muchas veces, casos excepcionales: gente que se impone a los obstáculos y dificultades y consigue lo que después el Estado y con mayor frecuencia los gobiernos reivindican como frutos suyos. En cambio, ¿quién puede negar el impulso creador que le dio a México el impulsivo Vasconcelos desde la SEP, la Universidad Nacional y, por supuesto, desde sus libros mismos (Ulises criollo, La tormenta, La raza cósmica, etcétera) y sus búsquedas de emancipación intelectual? Si la vocación educativa y cultural del impulsivo Vasconcelos se hubiese mantenido hasta nuestros días, es obvio que tendríamos otra escuela y otra educación.

Con las bibliotecas y con la lectura pasa lo mismo. No se puede esperar que estén mejor que la educación. Vale citar aquí el diagnóstico que llevó a cabo Ezra Pound, cuando afirmó: “Es natural que la biblioteca no pueda estar en mejores condiciones que las mentes de su junta directiva”. Parafraseando a Pound, hay muchas cosas que no pueden estar mejor que las mentes de sus directivos.

Cuando hablamos de lectura en México lo que tenemos que hacer es, por principio, hablar de lectura. Pero hablar y escribir de lectura, reflexionar sobre ella, analizar sus problemas, es saber que la lectura va más allá de la lectura, porque ésta no puede estar disociada de la circunstancia social, esa circunstancia social de la que hablaba José Ortega y Gasset y que solemos evitar para no buscarle tres pies al gato. Digámoslo con otra pregunta: ¿cómo podrían existir en México un alto índice de lectura y una elevada calificación en comprensión lectora cuando el sistema educativo no los ha favorecido? Por otra parte, ¿puede estar la lectura en México mucho mejor de lo está la realidad social?

Para quienes creen que la realidad social es independiente de todo lo demás, es obvio que no creen que el desarrollo del país dependa de una mejor educación. En cambio, quienes saben que la educación es el termómetro de una sociedad, no pueden esperar milagros ahí donde básicamente hay deficiencias. Cuando se habla y se escribe de la lectura en México y del índice lector de los mexicanos se admite que estamos mal, pero a la vez se da a entender que deberíamos estar mejor, sin que la realidad y la educación importen demasiado. Pero, en serio, ¿podríamos estar mejor en lectura, al margen de todo lo demás? Hay un optimismo que conlleva una visión idílica que acaba falseando la realidad.

Hay experiencias que revelan mucho mejor la realidad que ciertos estudios optimistas de comportamiento lector. En América Latina todos los aparatos administrativos de la cultura y el libro emiten quejas y preocupaciones (además de discursos) sobre lo mismo: el bajo índice lector de sus respectivos países. El problema es que los responsables administrativos de esas estructuras gubernamentales creen que se puede resolver el problema de la lectura y conseguir elevar esos índices al margen de la educación. No es que lo digan así, exactamente; el asunto es que no lo relacionan, o no quieren relacionarlo con los sistemas educativos porque sentirían que están cometiendo una indiscreción o, lo que es peor, una infidencia, contra el propio gobierno para el que trabajan. ¿Pero cómo decirlo de otro modo y cómo aspirar a que las cosas mejoren si se omiten las causas principales?

Formulemos otra pregunta (im)pertinente: ¿por qué en cada uno de nuestros países, tan atrasados en lectura, se realizan encuentros, coloquios y congresos internacionales sobre lectura? Especialmente internacionales. Una de las razones es para que los extranjeros digan lo que no podemos o no queremos decir nosotros en nuestro propio país. Refiero una anécdota: en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una especialista argentina en lectura me dijo: “Todo esto que comentó en su conferencia nos encantaría que nos lo fuera a decir a Argentina. Allá nadie nos escucha si decimos algo así”. Si lo dicen nadie les hace caso. O bien, para que no lo digan, no los invitan, en su propio país; en cambio, los extranjeros, en Argentina, llegan a hablar de la realidad de España, Brasil, Venezuela, México, Colombia, Chile y, por supuesto, Noruega, Suecia y Finlandia. Y esto es lo conveniente de hacer encuentros y coloquios internacionales y mundiales sobre la lectura: que la realidad nacional del país organizador pasa inadvertida o parece estar tan resuelta que el país anfitrión se da el lujo de invitar a extranjeros para que diserten sobre los problemas que les aquejan en sus respectivas naciones.

Es muy cómodo escuchar en México que los especialistas españoles, brasileños, chilenos, colombianos, argentinos y venezolanos nos digan que sus sistemas educativos y sus índices de lectura son un desastre. Lo incómodo es que un mexicano lo diga, de México, en una mesa pública, ante los visitantes extranjeros. Y, en el caso de los alemanes, ingleses y franceses, siempre vendrán a darnos lecciones muy útiles, sobre todo porque vienen a hablar de Alemania, Inglaterra y Francia (naciones modélicas) y no por supuesto de México, donde podemos seguir tranquilos administrando nuestro silencio y nuestro optimismo. ¡Qué importantes lecciones nos traen los extranjeros, acerca de sus países, para no tener que examinar nuestra propia realidad! Y, por supuesto, aprendemos mucho de ellos, con ganas de adoptar lo que se hace en Finlandia, aunque nuestra realidad esté muy lejos de Finlandia y muy cerca de México.

Más allá de las inexactitudes de los instrumentos y metodologías para medir el índice de lectura en nuestros países, sería difícil decir, sinceramente, que el 2.9 libros per cápita anual en México no corresponda a nuestro nivel educativo y a nuestra realidad social. Lo que no nos gusta es admitirlo y, menos aun, desde las instancias oficiales que más bien lo presentan como una extrañísima fatalidad. Vistas las cosas así, desde su perspectiva, el 2.9 tendría que ser obra de la mala suerte, inmerecida e injusta, que no corresponde a nuestra verdadera situación; como si debiéramos estar mejor que Francia o que Japón, pero con la mala fortuna de ocupar el lugar que le corresponde a México (¡y sólo entonces nos damos cuenta que estamos en México!).

Esto es lo malo de creer que la lectura es un asunto desasido de todo lo demás y, especialmente, de la educación y de la realidad social. Lo sorprendente, lo realmente anómalo, sería por ejemplo que, en México, los estados de Guerrero y Oaxaca tuvieran los índices lectores más altos del país, o que México tuviera un índice lector más alto que el de Japón (45.2) y que, de pronto, a la vuelta de un sexenio, sin cambiar absolutamente ninguna estructura económica y social, siguiendo como estamos, superáramos en este rubro, del modo más lógico, a Noruega y a Finlandia. Éstas sí son fabulaciones.

De cifras y lectores

El índice de lectura en México se calcula desde hace casi una década, en 2.9 libros per cápita al año (y no ha variado mayormente). Lo discutible no está en que el índice sea muy bajo, sino en que los instrumentos y metodologías para llegar a este índice partan de proyecciones y no de censos. Sin embargo, no se crea que en Argentina, Brasil, Colombia, Chile o Venezuela, las cosas están muchísimo mejor. En Chile se afirma que el índice lector es de 5.4 libros per cápita anual (el más alto de Latinoamérica); en Argentina, de 4.6 libros; en Brasil, de 4.0; en Venezuela de 3.2, y en Colombia, de 2.2; frente al 10.3 de España (el más elevado en un país de lengua española) y el 0.5 de Ecuador (el más bajo de Latinoamérica). Por supuesto, esto lo asumimos como una miseria y como un estigma, porque nos hemos pasado todo este tiempo comparando nuestros paupérrimos índices con el 47.5 libros per cápita al año de Noruega, Suecia y Finlandia (de acuerdo con las estimaciones internacionales): casi un libro a la semana por individuo en países donde (es necesario decirlo también) el analfabetismo real es equivalente a cero.

En nuestros países hay personas (las conocemos) que leen al año entre 52 y 70 libros, independientemente de la precariedad de los sistemas educativos y más allá de campañas y programas de lectura. Estos lectores ávidos y expertos leen todos esos libros porque les gusta leer, porque tienen medios económicos (y educación y cultura) y sin abrigar ningún propósito patriótico de elevar el índice nacional de lectura. Constituyen una minoría, frente a una enorme población que no sólo no lee sino que carece, prácticamente, de acceso al libro por diversas causas sociales. (Por lo demás, ¿a quién pueden importarle los libros cuando tiene necesidades más apremiantes que satisfacer?)

Pero (aquí hace su aparición la magia) a todos aquellos lectores que en España, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, México y Colombia (en este orden estricto) leen entre 52 y 70 o más libros, la estadística les resta los sobrantes de 10.3, 5.4, 4.6, 4.0, 3.2, 2.9 y 2.2 para distribuirlos, generosamente, entre la población que no ha leído ni siquiera una página. Dicho sea sin eufemismos, como instrumento de medición es una vacilada, porque lo que oculta es mucho mayor que lo que revela. Es el mismo tipo de instrumento que se utiliza para concluir que cada mexicano consume 62 litros de cerveza al año, incluidos los abstemios. Y todo porque esta metodología estadística (que es la misma del índice lector) consigue el milagro de que los borrachos cedan sus excedentes cerveceros, después de los 62 litros, para que sean distribuidos entre la población que jamás bebe cerveza. ¡Toda una ficción!

Tenía razón Ernst Jünger: cada vez nos vemos más reducidos a cifras, y hay todo un mundo de especialistas para producir e interpretar cifras que, sin embargo, es incapaz de comprender el fondo de las cosas: sus causas y consecuencias. La realidad nos ofrece siempre mejores lecciones que las estadísticas. Todos los países de América Latina, en sus políticas y programas de lectura, aspiran no únicamente acercarse al 10.3 libros per cápita de España, sino alcanzar y aun rebasar el 47.5 de Finlandia. Yo digo que esto ocurrirá, sin duda, un día, y será cuando seamos finlandeses.