La Feria Internacional del Libro es también es ciencia

La Feria Internacional del Libro es también es ciencia
Por Wendy Aceves Velázquez en la Gaceta UdeG Nº 849

La historia de la ciencia está íntimamente ligada al devenir del libro y de la lectura. No sólo de  una  manera  metafórica:  la  práctica  científica  mucho  tiene  que  ver  con  un  ejercicio de leer el mundo, construir modelos para comprender la realidad y ponerlos a prueba; sino también en un sentido material: si por definición la ciencia es conocimiento público —los procedimientos, metodologías y  resultados  de  la  investigación  científica  deben  ser comunicados por escrito para que eventualmente sean aceptados o rechazados— la escritura y la lectura son una  de  las  tareas  esenciales  del  quehacer  científico.

Gracias a los apuntes, libros, boletines, folletos elaborados  por  sujetos  como  Arquímedes,  Euclides,  Apolonio,  Al-Khwarizmi,  Copérnico,  Galileo,  Paracelso, Newton, Pasteur, Mendel, Darwin, Curie, Bohr, Einstein, Gödel podemos conversar con ellos, extender sus ideas, continuar su trabajo.

En nuestros días el acto de leer ciencia está relacionado con al menos tres tipos distintos (en cuanto a formato,  extensión  y  profundidad)  de  publicaciones: a)  los libros de texto, a los cuales accedemos de manera  más o menos involuntaria durante el periodo de nuestra educación formal, y que aportan los ingredientes principales para que nos formemos una idea de lo que la ciencia significa; b) los ensayos publicados en revistas especializadas (lo que dentro del argot científico se reconoce con el anglicismo paper), que dan cuenta de los resultados más recientes en los diferentes campos de investigación, c) las revistas y los libros de divulgación, que pretenden convertirse en puentes de comunicación  entre  las  comunidades  científicas  y  el  resto de  la  sociedad,  con  objetivos  tanto  didácticos  como recreativos.

A favor de una cultura científica

A  pesar  de  que  la  mayoría  de  la  población  considera  que  la  ciencia  y  la  tecnología  son importantes, se mantiene una actitud generalizada de indiferencia y desdén hacia el conocimiento científico. “Muchas de las dificultades de nuestro siglo provienen de que gran parte de la población posee una información muy reducida sobre el mundo”, afirma Hubert Reeves en La historia más bella del mundo: los secretos de nuestros orígenes.

Que la distribución del conocimiento tiende a ser tan desigual como la distribución de la riqueza resulta evidente si revisamos los indicadores económicos de Alemania, Japón, Estados Unidos de América, Suiza, Inglaterra, China, Israel y Canadá, atendiendo la inversión que realizan en ciencia y tecnología en relación a su producto interno bruto.

Entre  los  libros  de  divulgación  científica  se  encuentra  una  herramienta  poderosa  para  modificar esta situación y motivar la construcción de una serie de hábitos, tradiciones y costumbres que incluyan la ciencia como un elemento imprescindible.

El filósofo, historiador y poeta mexicano Carlos López Beltrán lo ha sabido enunciar: “Una cultura científica no es una en la que todos saben mucho de ciencia, sino aquella en la que todos saben situarse racionalmente ante la ciencia.”.

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