La política pública en ciencia y tecnología

La política pública en ciencia y tecnología
En Cinvestav: Avance y Perspectiva

¿Qué se requiere para que la ciencia, tecnología e innovación den un salto cuántico para convertir a México no sólo en un buen jugador en la arena internacional sino para anclarlo en la senda de la sociedad del conocimiento, el desarrollo y el crecimiento sostenible?

Por años, la inversión en ciencia estuvo castigada y el país muy lejos de igualar a naciones con las que se ha empeñado en parecerse, especialmente las que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). México destinó hasta 2013 cerca del 0.4% del Producto Interno Bruto (PIB) a la investigación y el desarrollo, cifra porcentual muy por debajo de la de países líderes como Japón (4%) o Suecia, Corea del Sur o Israel (3.8% cada uno).

A principios de 2013, en la presentación del Programa Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación 2014-2018 (PECiTI) , el presidente Enrique Peña Nieto ratificó la determinación de su gobierno de incrementar el presupuesto para ciencia y tecnología. Pasamos en dos años (2013-2014) de 0.4% al 0.59% del PIB. En términos porcentuales, apenas es una décima. Pero en cuanto a recursos, estamos hablando de muchos miles de millones de pesos que antes no se tenían en el sector.

Y ¿para qué se han usado? Enrique Cabrero Mendoza, Director General del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), explica en Avance y Perspectiva que para atender lo urgente: mejorar la infraestructura existente y aumentar los apoyos en becas a jóvenes investigadores. Nos dice también que esos recursos adicionales (que deberán llegar al 1% del PIB en 2018) serán empleados para crear al menos 10 nuevos centros de investigación del Sistema Conacyt, que pasará de 27 a 37 centros para el 2018.

En 2016 se pondrán en operación los primeros cinco centros dedicados a la investigación de: Energías renovables; Estudios metropolitanos; Zonas áridas; Tecnología en aeronáutica, aeroespacial e industria satelital, y Políticas educativas. Llama la atención la aseveración de Cabrero, en el sentido de que en el país ya se hace investigación científica en esos rubros, pero no lo “suficientemente creativa” y de manera aislada o fragmentada. El objetivo es integrar esos nuevos centros de manera multidisciplinaria para que, además, los resultados de sus investigaciones incidan en la elaboración de políticas públicas y en aplicaciones directas con la industria. Algo así como ciencia e innovación para aplicaciones inmediatas en rubros que requieren atención inmediata.

La investigación científica y la innovación tecnológica de un país deben contemplar dos dimensiones: la creación de conocimiento útil (México tiene áreas en las que contribuye al desarrollo de conocimiento de frontera, como el campo aeronáutica o el estudio del universo) que sirva para el desarrollo, el crecimiento económico y el bienestar de la población, y la aportación de conocimiento necesario para toda la humanidad.

En la presentación del PECiTI se dice: “Un diagnóstico objetivo nos lleva a reconocer que México ha llegado tarde a la sociedad del conocimiento. Sin embargo, hoy atraviesa por un contexto favorable y sin precedentes en la materia, lo cual lo pone en condiciones de afrontar el reto y lograr hacer del desarrollo científico, tecnológico y la innovación, pilares para el progreso económico y social sostenible”.

Debemos reconocer que hasta hace muy poco tiempo, México estaba muy por debajo de las expectativas que se tenían sobre el papel que el país debe jugar en la creación de nuevo conocimiento y la consolidación de comunidades científicas tanto en territorio nacional como aquellas que se forman en el extranjero con investigadores mexicanos que optan por no regresar. Esa también es una realidad: Cómo contemporizar con el hecho de que el conocimiento es global y que las fórmulas tradicionales del “te doy un apoyo pero tienes la obligación de regresar al país”, ya no funcionan.

El mejor ejemplo de colaboración global lo tenemos con el equipo de investigadores del Cinvestav, la UAP, la UNAM y la UAS, que participa de manera muy exitosa en el proyecto global del Gran Colisionador de Hadronesen Ginebra, Suiza.

Sin duda, el uso de los recursos adicionales en ciencia y tecnología merece un intercambio de ideas entre los integrantes de la muy robusta comunidad científica en el país. Específicamente para resolver los cuestionamientos sobre quién decide en qué invertir y a qué instituciones darle más o menos recursos. Porque no se trata de crear nuevos y modernos centros de investigación, en detrimento de los ya existentes. Ni de privilegiar sólo a la nueva investigación, dejando de lado la que ya se hace. La transparencia y rendición de cuentas cobra relevancia mayúscula si se quiere llevar a buen puerto la nueva inversión.

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