Educación, lectura y realidad social

Educación, lectura y realidad social
Por Juan Domingo Argüelles en Campus Milenio

La lectura en México, ¿podría estar mejor que la educación? Es una pregunta (im)pertinente y, como tal, merece una respuesta similar. (A menudo, en nuestro país, la pertinencia deja de serlo, y se convierte en insolencia, si privilegia la verdad.) La lectura va asociada a la escuela, indispensablemente: primero con la alfabetización y después con el uso de la lectoescritura, es decir con la instrumentación de los poderes del alfabeto. Ningún programa de lectura, en ninguna parte del mundo, puede tener algún éxito si la escuela no es, así sea medianamente, una escuela lectora.

El problema es que tenemos una escuela de tareas y no precisamente de lecturas: una escuela donde una gran cantidad de profesores no lee ni quiere leer, sin que esto sea su culpa, pues los profesores también se formaron en el mismo sistema educativo del que hoy son docentes. Además es cierto (y del todo innegable) que la cultura y la educación no pueden estar mejor que la realidad social, íntimamente vinculada a la eficacia o a la inepcia de las estructuras administrativas y de las políticas gubernamentales. Si tuviéramos un elevado índice lector y un muy alto desarrollo cultural, pese a tener una educación deficiente, sería asunto no de la sociología sino de la magia. No existen países con estas características. Todas las naciones hacen depender su desarrollo cultural y su índice de lectura de la eficiencia educativa.

Que en un país atrasado (iba a escribir arrasado) educativa y culturalmente existan excepcionales lectores es del todo comprensible. También existen grandes deportistas, artistas e intelectuales, todos ellos de excepción, a pesar de no existir una eficiente administración pública del deporte ni un aparato gubernamental capaz de hacer realidad la profesionalización del arte y la cultura y capaz también, en consecuencia, de ampliar y formar públicos que aprecien y disfruten los bienes y servicios culturales.

Si nos referimos al deporte, veremos que algunos campeones mundiales u olímpicos han logrado serlo no como consecuencia de apoyos institucionales, sino gracias a su tenacidad, su talento y su empeño individuales y contra todo obstáculo (incluso institucional). Atletas que no tenían dónde entrenar, triunfaron internacionalmente, en la medida de sus posibilidades, gracias a su perseverancia personal.

Pero no está de más recordar que los grandes muralistas mexicanos y que una buena parte del arte y la literatura de la primera mitad del siglo XX florecieron, en alguna medida, gracias el afán de Vasconcelos, Bassols y Torres Bodet al frente de la Secretaría de Educación Pública. Si Vasconcelos no hubiese facilitado los muros de los edificios públicos a Rivera, Siqueiros y Orozco, y si al frente de las instituciones culturales no hubieran estado escritores e intelectuales como Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Andrés Iduarte, Celestino Gorostiza y otros más, el desarrollo artístico, educativo y cultural de México no hubiera alcanzado, tan evidentemente, el esplendor que consiguió y que luego perdió con la desaparición de estas excepcionales generaciones.

Si hemos de decir la verdad, la obra universal de Juan Rulfo muy poco o nada tiene que ver con el desarrollo cultural del país o con el apoyo institucional para su creación literaria en la segunda mitad del siglo XX; antes, por el contrario, Rulfo ni es fruto de la educación formal mexicana ni del incentivo de las instancias oficiales. (Que Rulfo haya publicado originalmente, en 1953 y 1955, sus libros en el Fondo de Cultura Económica no quiere decir que sin el Fondo de Cultura Económica Rulfo hubiera fracasado. Rulfo está más allá de sus editores: se debe a su genialidad y a sus lectores.)

Grandes pensadores, deportistas y artistas son, muchas veces, casos excepcionales: gente que se impone a los obstáculos y dificultades y consigue lo que después el Estado y con mayor frecuencia los gobiernos reivindican como frutos suyos. En cambio, ¿quién puede negar el impulso creador que le dio a México el impulsivo Vasconcelos desde la SEP, la Universidad Nacional y, por supuesto, desde sus libros mismos (Ulises criollo, La tormenta, La raza cósmica, etcétera) y sus búsquedas de emancipación intelectual? Si la vocación educativa y cultural del impulsivo Vasconcelos se hubiese mantenido hasta nuestros días, es obvio que tendríamos otra escuela y otra educación.

Con las bibliotecas y con la lectura pasa lo mismo. No se puede esperar que estén mejor que la educación. Vale citar aquí el diagnóstico que llevó a cabo Ezra Pound, cuando afirmó: “Es natural que la biblioteca no pueda estar en mejores condiciones que las mentes de su junta directiva”. Parafraseando a Pound, hay muchas cosas que no pueden estar mejor que las mentes de sus directivos.

Cuando hablamos de lectura en México lo que tenemos que hacer es, por principio, hablar de lectura. Pero hablar y escribir de lectura, reflexionar sobre ella, analizar sus problemas, es saber que la lectura va más allá de la lectura, porque ésta no puede estar disociada de la circunstancia social, esa circunstancia social de la que hablaba José Ortega y Gasset y que solemos evitar para no buscarle tres pies al gato. Digámoslo con otra pregunta: ¿cómo podrían existir en México un alto índice de lectura y una elevada calificación en comprensión lectora cuando el sistema educativo no los ha favorecido? Por otra parte, ¿puede estar la lectura en México mucho mejor de lo está la realidad social?

Para quienes creen que la realidad social es independiente de todo lo demás, es obvio que no creen que el desarrollo del país dependa de una mejor educación. En cambio, quienes saben que la educación es el termómetro de una sociedad, no pueden esperar milagros ahí donde básicamente hay deficiencias. Cuando se habla y se escribe de la lectura en México y del índice lector de los mexicanos se admite que estamos mal, pero a la vez se da a entender que deberíamos estar mejor, sin que la realidad y la educación importen demasiado. Pero, en serio, ¿podríamos estar mejor en lectura, al margen de todo lo demás? Hay un optimismo que conlleva una visión idílica que acaba falseando la realidad.

Hay experiencias que revelan mucho mejor la realidad que ciertos estudios optimistas de comportamiento lector. En América Latina todos los aparatos administrativos de la cultura y el libro emiten quejas y preocupaciones (además de discursos) sobre lo mismo: el bajo índice lector de sus respectivos países. El problema es que los responsables administrativos de esas estructuras gubernamentales creen que se puede resolver el problema de la lectura y conseguir elevar esos índices al margen de la educación. No es que lo digan así, exactamente; el asunto es que no lo relacionan, o no quieren relacionarlo con los sistemas educativos porque sentirían que están cometiendo una indiscreción o, lo que es peor, una infidencia, contra el propio gobierno para el que trabajan. ¿Pero cómo decirlo de otro modo y cómo aspirar a que las cosas mejoren si se omiten las causas principales?

Formulemos otra pregunta (im)pertinente: ¿por qué en cada uno de nuestros países, tan atrasados en lectura, se realizan encuentros, coloquios y congresos internacionales sobre lectura? Especialmente internacionales. Una de las razones es para que los extranjeros digan lo que no podemos o no queremos decir nosotros en nuestro propio país. Refiero una anécdota: en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una especialista argentina en lectura me dijo: “Todo esto que comentó en su conferencia nos encantaría que nos lo fuera a decir a Argentina. Allá nadie nos escucha si decimos algo así”. Si lo dicen nadie les hace caso. O bien, para que no lo digan, no los invitan, en su propio país; en cambio, los extranjeros, en Argentina, llegan a hablar de la realidad de España, Brasil, Venezuela, México, Colombia, Chile y, por supuesto, Noruega, Suecia y Finlandia. Y esto es lo conveniente de hacer encuentros y coloquios internacionales y mundiales sobre la lectura: que la realidad nacional del país organizador pasa inadvertida o parece estar tan resuelta que el país anfitrión se da el lujo de invitar a extranjeros para que diserten sobre los problemas que les aquejan en sus respectivas naciones.

Es muy cómodo escuchar en México que los especialistas españoles, brasileños, chilenos, colombianos, argentinos y venezolanos nos digan que sus sistemas educativos y sus índices de lectura son un desastre. Lo incómodo es que un mexicano lo diga, de México, en una mesa pública, ante los visitantes extranjeros. Y, en el caso de los alemanes, ingleses y franceses, siempre vendrán a darnos lecciones muy útiles, sobre todo porque vienen a hablar de Alemania, Inglaterra y Francia (naciones modélicas) y no por supuesto de México, donde podemos seguir tranquilos administrando nuestro silencio y nuestro optimismo. ¡Qué importantes lecciones nos traen los extranjeros, acerca de sus países, para no tener que examinar nuestra propia realidad! Y, por supuesto, aprendemos mucho de ellos, con ganas de adoptar lo que se hace en Finlandia, aunque nuestra realidad esté muy lejos de Finlandia y muy cerca de México.

Más allá de las inexactitudes de los instrumentos y metodologías para medir el índice de lectura en nuestros países, sería difícil decir, sinceramente, que el 2.9 libros per cápita anual en México no corresponda a nuestro nivel educativo y a nuestra realidad social. Lo que no nos gusta es admitirlo y, menos aun, desde las instancias oficiales que más bien lo presentan como una extrañísima fatalidad. Vistas las cosas así, desde su perspectiva, el 2.9 tendría que ser obra de la mala suerte, inmerecida e injusta, que no corresponde a nuestra verdadera situación; como si debiéramos estar mejor que Francia o que Japón, pero con la mala fortuna de ocupar el lugar que le corresponde a México (¡y sólo entonces nos damos cuenta que estamos en México!).

Esto es lo malo de creer que la lectura es un asunto desasido de todo lo demás y, especialmente, de la educación y de la realidad social. Lo sorprendente, lo realmente anómalo, sería por ejemplo que, en México, los estados de Guerrero y Oaxaca tuvieran los índices lectores más altos del país, o que México tuviera un índice lector más alto que el de Japón (45.2) y que, de pronto, a la vuelta de un sexenio, sin cambiar absolutamente ninguna estructura económica y social, siguiendo como estamos, superáramos en este rubro, del modo más lógico, a Noruega y a Finlandia. Éstas sí son fabulaciones.

De cifras y lectores

El índice de lectura en México se calcula desde hace casi una década, en 2.9 libros per cápita al año (y no ha variado mayormente). Lo discutible no está en que el índice sea muy bajo, sino en que los instrumentos y metodologías para llegar a este índice partan de proyecciones y no de censos. Sin embargo, no se crea que en Argentina, Brasil, Colombia, Chile o Venezuela, las cosas están muchísimo mejor. En Chile se afirma que el índice lector es de 5.4 libros per cápita anual (el más alto de Latinoamérica); en Argentina, de 4.6 libros; en Brasil, de 4.0; en Venezuela de 3.2, y en Colombia, de 2.2; frente al 10.3 de España (el más elevado en un país de lengua española) y el 0.5 de Ecuador (el más bajo de Latinoamérica). Por supuesto, esto lo asumimos como una miseria y como un estigma, porque nos hemos pasado todo este tiempo comparando nuestros paupérrimos índices con el 47.5 libros per cápita al año de Noruega, Suecia y Finlandia (de acuerdo con las estimaciones internacionales): casi un libro a la semana por individuo en países donde (es necesario decirlo también) el analfabetismo real es equivalente a cero.

En nuestros países hay personas (las conocemos) que leen al año entre 52 y 70 libros, independientemente de la precariedad de los sistemas educativos y más allá de campañas y programas de lectura. Estos lectores ávidos y expertos leen todos esos libros porque les gusta leer, porque tienen medios económicos (y educación y cultura) y sin abrigar ningún propósito patriótico de elevar el índice nacional de lectura. Constituyen una minoría, frente a una enorme población que no sólo no lee sino que carece, prácticamente, de acceso al libro por diversas causas sociales. (Por lo demás, ¿a quién pueden importarle los libros cuando tiene necesidades más apremiantes que satisfacer?)

Pero (aquí hace su aparición la magia) a todos aquellos lectores que en España, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, México y Colombia (en este orden estricto) leen entre 52 y 70 o más libros, la estadística les resta los sobrantes de 10.3, 5.4, 4.6, 4.0, 3.2, 2.9 y 2.2 para distribuirlos, generosamente, entre la población que no ha leído ni siquiera una página. Dicho sea sin eufemismos, como instrumento de medición es una vacilada, porque lo que oculta es mucho mayor que lo que revela. Es el mismo tipo de instrumento que se utiliza para concluir que cada mexicano consume 62 litros de cerveza al año, incluidos los abstemios. Y todo porque esta metodología estadística (que es la misma del índice lector) consigue el milagro de que los borrachos cedan sus excedentes cerveceros, después de los 62 litros, para que sean distribuidos entre la población que jamás bebe cerveza. ¡Toda una ficción!

Tenía razón Ernst Jünger: cada vez nos vemos más reducidos a cifras, y hay todo un mundo de especialistas para producir e interpretar cifras que, sin embargo, es incapaz de comprender el fondo de las cosas: sus causas y consecuencias. La realidad nos ofrece siempre mejores lecciones que las estadísticas. Todos los países de América Latina, en sus políticas y programas de lectura, aspiran no únicamente acercarse al 10.3 libros per cápita de España, sino alcanzar y aun rebasar el 47.5 de Finlandia. Yo digo que esto ocurrirá, sin duda, un día, y será cuando seamos finlandeses.

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