La complejidad del ser humano (relación entre física moderna y religión)

La complejidad del ser humano (relación entre física moderna y religión)
Por Panos Charitos en Cinvestav: Avance y Perspectiva

En los últimos años, gran cantidad de evidencias han venido a fortalecer el Modelo Estándar de la física actual, una de las piedras angulares de la moderna que explica cómo los bloques de construcción básicos de la materia interaccionan y se organizan por medio de cuatro fuerzas fundamentales: la gravedad y la interacción de las fuerzas llamadas fuerte, débil y electromagnética.

El anuncio del descubrimiento del Bosón de Higgs, tras los experimentos ATLAS y CMS realizados en el Gran Colisionador de Hadrones o LHC (por sus siglas en inglés), llenaron de entusiasmo a los físicos de todo el mundo. Era la pieza que faltaba para confirmar el Modelo Estándar y fue observado de manera independiente por los grupos involucrados en ambos experimentos. El Bosón de Higgs, o, para ser un poco más precisos, el campo de Higgs, describe el proceso de “formación” de la masa. Concede masa a las partículas elementales que de otro modo serían sin masa. Siguiendo al descubrimiento de los bosones W y Z, hace casi 30 años por la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) y con las pruebas de precisión del Modelo Estándar de la interacción electrodébil y fuerte en LEP (Large Electron-Positron Collider), el Bosón de Higgs vino a reafirmar la validez del Modelo Estándar de la física de partículas.

Meses después, más información, ahora proveniente de un experimento de reconocimiento del espacio exterior fue anunciada por el proyecto Planck, otorgando mayor evidencia a favor del Modelo Estándar de la Cosmología Moderna. La misión Planck se centraba en un detallado reporte de la radiación emitida en el fondo o telón de microondas del Universo, una reliquia del plasma original que inundó el Universo durante los primeros cien mil años posteriores al Big Bang. Los precisos patrones de temperatura detectados en el fondo de microondas del Universo (CMB, por sus siglas en inglés), confirmaron la predicción de que poco después del Big Bang, el joven Universo sufrió un corto estallido de expansión exponencial conocido como inflación. Los resultados del Planck parecen confirmar un “universo casi perfecto”, aunque nuevos aspectos aún inexplicados se han abierto y podrían dar pie a una nueva física.

Los dos anuncios arrojaron, evidentemente, mucha luz sobre preguntas de física de partículas y cosmología que permanecieron sin respuesta por más de medio siglo y allanaron nuevos caminos en nuestra comprensión del mundo. Los últimos resultados, provenientes de la colisión de partículas en nuestros aceleradores o de la observación de distantes galaxias con nuestros telescopios, han ayudado a confirmar la validez de ciertas teorías. Al mismo tiempo, la nueva evidencia experimental ha abierto todo un nuevo conjunto de preguntas.

El descubrimiento del Bosón de Higgs (o de un bosón similar al de Higgs) ha sido un logro extraordinario, producto de los muchos años de arduo trabajo de un grupo de colaboración de científicos que se reunieron en el CERN (Consejo Europeo para la Investigación Nuclear o Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire). Sin embargo, también ha despertado cierta inquietud entre ellos. El Modelo Estándar de la física de partículas tiene varios hoyos en sí, que no han hecho sino volverlo más problemático a medida que sabemos más de él. Deja sin resolver las cuestiones de la Materia Oscura, el mecanismo que genera la masa, el paralelismo entre materia y antimateria y la abundancia de partículas. Además, carece de una respuesta convincente para explicar por qué algunas de las fuerzas fundamentales son más fuertes que otras. De manera similar, la información arrojada de la exploración del Planck confirma el Modelo Estándar o Modelo del Big Bang de la cosmología. El hecho de que los resultados estén en extraordinario acuerdo con el paradigma inflacionario da lugar a preguntas referentes a las condiciones originales, previas a la inflación así como a qué fue lo que detonó esta fase en la historia del Universo. La información del Planck demuestra que no todo concuerda con nuestro entendimiento de la cosmología.

Teorías alternativas, con el propósito de atender algunas de las preguntas en física de partículas y cosmología, parecen no encontrar una confirmación experimental. Tal vez lo que ahora vemos es solo parte de una fotografía más grande que incluye una nueva física escondida en las profundidades del mundo subatómico o en los oscuros rincones del Universo. Tenemos que esperar las nuevas corridas del LHC y a que más información sea analizada de la misión Planck para tener un entendimiento más claro. De cualquier modo, los resultados de los experimentos del LHC y del satélite Planck reafirman una imagen de simplicidad: todo resultó ser demasiado simple, aunque extremadamente desconcertante.

Este misterio de simplicidad puede servir como un bloque de construcción de un espacio de diálogo más amplio entre la ciencia moderna y la religión. El vínculo entre las dos ha sido inquietante desde que la ciencia comenzó a despuntar como un campo diferente. Ha sido uno de los debates de más larga duración gracias a lo cual, hasta cierto punto, moldearon la visión del mundo moderno occidental. Esta larga relación se ha caracterizado por fuertes disputas y en otros momentos por un acercamiento más reconciliatorio. De estos debates surgió la pregunta de si el lazo entre religión y ciencia está caracterizado por el conflicto o por la concordia, un asunto que aún preocupa a muchos estudiosos y que predomina en la esfera pública.

El descubrimiento del Bosón de Higgs revivió la tensión entre las dos partes y encendió vivos debates sobre la relación entre ciencia y religión. El nombre de “partícula de Dios” que fue atribuido al Bosón de Higgs por Leon Lederman causó una tensión extra (también entre los físicos que no se sentían a gusto con ese nombre). Un fuerte lenguaje religioso y antirreligioso se desató en torno a la búsqueda de dicho bosón. “No existe la (bendita) partícula de Dios” escribió Tony Phillips. “El Bosón de Higgs es una clavo más en el ataúd de la religión” expuso Peter Atkins de la universidad de Oxford en la BBC. “¿Será que el Bosón de Higgs hará surgir una nueva religión, a un nuevo dios? se pregunta el Hindustan Times. Más recientemente, en su nuevo libro, Lawrence Krauss describe cómo hay tres tipos de nada que podrían producir de ese algo que vemos alrededor de nosotros y que para Krauss significa que esto es pura ciencia sin necesidad de cuentos de hadas.

Si bien con un matiz diferente, estos enfoques comparten la consigna de que la religión se basa en una suerte de ilusión, decepcionando así a aquellos que son fieles y desafían a la necesidad de entender el mundo. Los creyentes a menudo son concebidos como patéticos receptores de un mensaje diseminado por las autoridades y ministros de la iglesia y, como a menudo es el caso con esta corriente crítica, niega las varias formas en los que la audiencia se relaciona con el mensaje. Quizás aún más importante es que este argumento “esencializa” las descripciones de las escrituras de la creación del mundo y lo identifica/equipara con la investigación científica; como si apuntaran a ofrecer la respuesta de similares preguntas hechas por la ciencia moderna. Es una discusión que se da por dos partes: aquellos que acusan ferozmente a la religión de ser anticientífica e irracional, al tiempo que también muchos creyentes y líderes eclesiásticos fuerzan la autoridad de las escrituras cristianas sobre el discurso científico moderno.

La teología moderna también se ha ocupado de la relación entre las dos disciplinas. Llevar a cabo una exposición exhaustiva y convincente va más allá del objetivo de este artículo, sin embargo, los argumentos más populares, tanto de oponentes como de defensores de la religión, adolecen de una comprensión más bien limitada de Dios y de la tradición cristiana. Lo que es más importante es que la conceptualización de Dios, la membresía de la Iglesia y la relación entre lo humano y lo divino con frecuencia se basan en argumentos más bien afirmativos que descansan en la confirmación de nuestra relación con Dios –como un ser todopoderoso y omnipresente– y da una revalidación y un sentimiento de plenitud personal. En muchos casos pareciera que la identidad cristiana no da la posibilidad de la diferencia, la duda o la pregunta. Esta estampa delata a muchos de los críticos modernos de la religión como el campo por excelencia que ofrece un ingenuo discurso para los creyentes que no dan espacio para la ambigüedad ni a los discursos teológicos modernos.

Desde mi punto de vista esto no solo contradice la larga historia de la Iglesia Cristiana y el florecimiento de la teología patrística sino que además demerita la importancia de la hermenéutica y la interpretación del lenguaje cristiano. No es una exageración afirmar que la teología no se basa en certidumbres y que no hay muchos pasajes en las Escrituras que refuercen este caso. El Diluvio de Noé, seguido del primer testimonio entre Dios y el hombre, el sacrificio de Isaac, el dubitativo Tomás y el episodio descrito por Mateo (26:36-56) en el cual Jesús predica en el jardín del Getsemaní son algunas de las pocas ocasiones en que se señala el papel que la duda juega para la cristiandad. Uno solo tiene que pensar en la fuerza de esas descripciones y en el significado que tienen para los miembros de la joven iglesia en el contexto del Imperio Romano.

Esto no quiere decir que los creyentes tienen que vivir su fe en una condición de duda e incertidumbre, sino que va más allá y exige reconocer el significado que la duda y la otredad tienen para la teología. La duda no mella la creencia sino, por el contrario, es parte indispensable de la aceptación de Dios y los mandatos de una tradición religiosa. Aún más, la duda abre espacio para la acción en contraposición a la deshumanizadora carrera por la certidumbre. Este es un punto sutil dado que siempre existe el peligro de terminar en una discusión antimoderna que negará todos los avances alcanzados desde la Ilustración.

¿Ciencia y religión?

Todo esto está vinculado con el misterio de la simplicidad a que hice referencia mientras discutíamos los recientes logros científicos en física. La ciencia no se trata solo de declaraciones científicas afirmativas y descripciones que se refieren a una verdad absoluta (que se alcanza a través de la racionalidad) sino también ligadas a nuestra capacidad de hacernos nuevas preguntas y cuestionar las actuales teorías y descripciones científicas (algo que ya sabemos luego de los largos debates epistemológicos sobre el significado del realismo). La religión es un llamado a la otredad; construir y controlar nuestra relación con lo Otro es de importancia ontológica y teológica. Ambas tratan –desde su propia perspectiva– de brindar respuestas que den luz sobre el enigma del ser humano y en esta faena a menudo encuentran momentos de ambigüedad y silencio.

Los argumentos que asocian a Dios con el Big Bang de la cosmología moderna –ya sea que traten de apoyar la teología en hechos positivos o se basen en descubrimientos científicos–desafía la existencia de Dios, a menudo deja de hacer justicia para ambos lados. Terry Eagleton apunta en su libro Razón, Fe y Revolución, “Para la Judeo-Cristiandad, Dios no es una persona en el sentido en el que lo es Al Gore. Tampoco es un principio, ni una entidad o “existencia”; en sentido estricto de la palabra sería perfectamente coherente para los tipos religiosos argüir que Dios de hecho no existe. Él es más bien la condición de posibilidad una entidad cualquiera, incluyéndonos a nosotros mismos. Él es la respuesta al por qué hay algo en lugar de nada. Dios y universo no suman dos; poco más que mi envidia y mi pie izquierdo constituyen un par de objetos”.

La duda a la cual me he referido proviene de los más recientes hechos de ciencia (así como a la efusividad que he intentado describir) también puede ponderarse como inherente a la religión, y sirve de base para un enfoque “deconstructivo”. Uno que busca liberarnos y abrir la posibilidad para nuevas conceptualizaciones de nosotros mismos, nuestras vidas y nuestro universo (creo que ha sido este enfoque el que ha permitido a los teóricos proponer la existencia de cuerdas o el principio de un universo holográfico). Es una duda que no nos paraliza ni nos conduce a la inacción, sino por el contrario, abre un espacio ontológico en el cual la acción del ser humano se funda y libera un espacio moral. Esta noción de la duda puede no ser tan extraña para la ciencia y más bien podría tener muchos aspectos que ofrecer en la manera de enfocar las preguntas de los científicos, especialmente en tiempos de alta especialización. Al mismo tiempo, la teología puede aprender mucho de los recientes descubrimientos científicos en tanto que explora las fronteras del conocimiento y revela las paradojas de la simplicidad. Un momento que escapa a nuestra descripción y conlleva a futuras investigaciones.

Uno debe recordar que la religión y la ciencia no comparten los mismos principios y que el diálogo entre ellas no se puede basar directamente en documentación científica ni citas de las escrituras. En cambio, uno necesita encontrar las “claves” apropiadas que permitan la interpretación de resultados de un lenguaje u otro. Desde mi punto de vista, la duda abre un espacio para este diálogo y, junto con el enfoque deconstructivo que subyace en el corazón de la modernidad, ofrece jugosas formas de pensar en ambos campos. Para aquellos escépticos de la posmodernidad, pienso que existe otro ejemplo interesante en la teología cristiana, concretamente en la teología negativa o apofática que niega la posibilidad de hablar de Dios o de conocerlo a través de aseveraciones afirmativas/negativas.

La presión de problemas globales como el cambio climático, el gran número de inmigrantes y el incremento de la desigualdad social convierten el diálogo entre religión y ciencia en una emergencia, en tanto que ambas instituciones moldean a nuestra sociedad. Quizás la lírica del premio Nobel Odiseo Elytis, pueda servir como conclusión de este artículo. Señala algunas de las preguntas que persisten para nosotros, físicos y teólogos:

“Parece que en algún lugar la gente celebra, a pesar de que no hay casas ni personas, puedo escuchar guitarras y risas que no están cerca…sino tal vez muy lejos, en las cenizas del cielo, en Andrómeda, La Osa o Virgo…Me pregunto si la soledad es la misma en todos los mundos”.(O. Elytis, Calendario de un abril invisible)

 

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