Mercado laboral y autonomía universitaria

Mercado laboral y autonomía universitaria
Por Humberto Muñoz García en Campus Milenio

Hay un enfoque que considera que el mercado laboral puede guiar la actividad de las universidades. Sostiene que el mercado equilibra la oferta y la demanda de profesionistas. Cuando escasean en una determinada especialidad, aumentan los salarios en esos puestos. A la inversa, cuando hay oferta de sobra  para una ocupación, disminuyen las remuneraciones. Como respuesta, las universidades abren la matrícula en las carreras demandadas y cierran aquellas que han “saturado” el mercado. Los estudiantes se inscribirán en las carreras más rentables.

Si así fuera, la toma de decisiones en las instituciones educativas  para ofertar carreras estaría dada en función de lo que el mercado necesita o desea. Pero no. Una institución académica puede decidir conducirse por otra lógica, con base en su autonomía, aunque choque con el mercado.

La relación de la educación superior con el mercado laboral es bastante compleja. Hace décadas la corriente del capital humano coincidió con una tesis sociológica acerca de la importancia de la educación en la estratificación social. Dada la creciente complejidad y especialización de la estructura ocupacional, la educación califica a la fuerza de trabajo y la vuelve más productiva; satisface, así,  las demandas cambiantes del mercado. Además, la parte del producto  no explicada por variables económicas se dijo, entonces, corre a cargo del capital humano.

Desde esta perspectiva, se esperaba un crecimiento de los empleos de profesionistas. Sin embargo, en países como el nuestro, el mercado se contrajo, la estructura demográfica cambió,   aumentó la matrícula universitaria y el número de egresados. Se produjo un desajuste, en principio, porque el mercado redujo la demanda de profesionistas altamente calificados.

En este escenario, el mercado, es decir los empleadores, tuvieron la posibilidad de hacer dos cosas: i) elevar los requisitos escolares para contratar mano de obra y ii) disminuir los salarios. Aumentó el credencialismo, con todas sus consecuencias.

Así, debido a que en el mercado existieron más profesionistas que puestos ocupacionales para ellos,  disminuyó el valor de la educación para fines laborales. También se deterioró el perfil ocupacional de los profesionistas, porque  tuvieron que trabajar en ocupaciones que no requerían su nivel escolar. De contratar licenciados para una plaza, se comenzó a pedir  maestría. Los estudiantes siguieron estudiando, pero, con la maestría, se les pidió el doctorado.

La “fuga” hacia adelante ha contribuido a que se expanda el posgrado. Las universidades autónomas abrieron doctorados, a los que después se les impusieron, desde fuera,  requisitos de evaluación. Las evaluaciones, por ejemplo de los tiempos de estudio y de egreso, ligadas a becas, han significado prácticas que restan calidad. Por razones monetarias, y políticas, la autonomía universitaria no ha sido utilizada para impedir dichas prácticas.

En el mercado, el título y el grado escolar otorgaron un criterio para separar a los más de los menos formados, acentuando los desajustes laborales. La incorporación de los egresados al mercado, y el tiempo de incorporación, comenzaron a usarse como indicadores de calidad educativa.  En varios círculos privados, tales indicadores se han utilizado contra el prestigio de la universidad pública. Y han servido para argumentar que las universidades, escudadas en su autonomía, imparten carreras que no tienen mercado.

La sobre oferta continúa. Y los empresarios dicen que no encuentran en el mercado laboral lo que necesitan. Declaraciones como éstas tienen impacto  sobre el rumbo de las instituciones autónomas. Junto con ellas, cuando las grandes empresas hacen evidente su preferencia por egresados de universidades privadas, y están en su derecho, también presionan a las universidades públicas y autónomas para que sus autoridades tomen medidas para elevar su competencia y satisfacer al mercado laboral.

La relación de la educación superior con el empleo está llena de mediaciones, ha cambiado bastante y es diferente en los espacios del país. No obstante, en el imaginario social se mantiene la creencia de que poseer un título universitario da ventajas para ocuparse razonablemente bien.

Por eso, en los sectores sociales más golpeados por la crisis, los jóvenes aspiran a tener educación superior. Para satisfacer tales aspiraciones, se necesita ampliar la matrícula en la licenciatura. Además, México va a requerir más científicos. Será indispensable ampliar la matrícula del posgrado. Para tomar decisiones sobre la oferta, y fortalecer la enseñanza, importa mucho la autonomía.

Sea cual fuere la situación del mercado, los jóvenes piensan que es  mejor estudiar. Y la gran mayoría de ellos tendrá que optar  por las universidades públicas, por razones de superación personal, calidad y prestigio institucional. Deseable sería que, en correspondencia, creciera el empleo profesional en el  mercado.

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