La secularización del libro y la lectura

La secularización del libro y la lectura
Por Juan Domingo Argüelles en Campus Milenio

En el capítulo 59 de la segunda parte del Quijote, Cervantes pone a escuchar al protagonista de su obra maestra el curioso diálogo que sostienen, en un aposento contiguo, dos hombres (don Juan y don Jerónimo), a propósito de la lectura de esa misma segunda parte de la novela. En la venta donde se hospedan, sin sospechar siquiera que del otro lado de la pared los escuchan don Quijote y Sancho, el tal don Juan propone a su compañero que, en tanto está la cena, lean otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Don Jerónimo alienta la siguiente objeción: “¿Para qué quiere vuesa merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de Don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta Segunda?” A lo cual don Juan responde: “Con todo eso, será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena”. Como muchos saben, esta última frase no es original de Cervantes sino que se atribuye a Plinio el Viejo, en la forma cuasitextual “no hay libro, por malo que sea, que no contenga algo aprovechable”. Dicho aforismo se transforma en el apotegma contemporáneo del escritor alemán Günter Grass, según el cual, con sentido común un tanto tautológico, “incluso los libros malos son libros y, por lo tanto, sagrados”.

No es sorprendente, de ningún modo, que entre los más diversos autores, incluidos los agnósticos y los que creen que no creen en ningún símbolo sacro, el libro sea un objeto sagrado. Esta paradójica sacralidad del laicismo, en relación con la cultura escrita, se resume en la certeza intelectual que concede al libro la calidad de gran tótem de la cultura.

Este valor concedido al libro proviene seguramente de que, en sus orígenes, los libros y la cultura escrita eran patrimonio exclusivo de las Iglesias, las sectas y las religiones y que aun en las edades democráticas el libro sigue asociado (independientemente de su difusión masiva como mercancía) a las cofradías del poder intelectual y, por lo mismo, social.

Giovanni Sartori ha llamado nuestra atención sobre el hecho incontrovertible de que hasta la producción en serie del libro, que tiene sus pálidos inicios con los copistas y los amanuenses, no se podía hablar aún del “hombre que lee”, pues “leer, y tener algo que leer, fue hasta finales del siglo XV un privilegio de poquísimos doctos”; poquísimos doctos, vale agregar, que estaban todos ellos en las cortes y en los conventos, es decir en los centros de poder político y eclesiástico que monopolizaban el Saber.

Pese a que uno de los primeros libros que salió de la imprenta de tipos móviles, en 1454, fue precisamente la Biblia (libro sagrado por excelencia en la cultura occidental), a partir de Gutenberg el Saber comienza a desacralizarse y a perder la mayúscula de rigor y “la transmisión escrita de la cultura se convierte en algo potencialmente accesible a todos”. Sin embargo, un sector que hereda ese poder (el de los especialistas, el de los expertos, el de los sabios, el de las cofradías intelectuales) pugna todavía por hacer del conocimiento laico un misterio sagrado, ya que revelarlo implicaría la pérdida de su dominio.

Contra lo que pudiera pensarse, el best seller y las publicaciones populares lo que hacen, con su existencia y sus funciones, es legitimar el carácter sagrado de todos aquellos libros arquetípicos que aun en el caso de presentarse como mercancías se asume que se trata de mercancías muy especiales, es decir venerables, canonizadas. Por eso, con cruel sarcasmo, Augusto Monterroso, al relatar sus avatares para deshacerse de quinientos libros indeseables, advierte que quemar libros en el patio de la casa, por muy indeseables que éstos sean, resulta muy mal visto, y concluye: “Se acepta que la Inquisición quemara gente, pero la mayoría se indigna de que quemara libros”.

Respecto del libro y la lectura hay una visión en exceso solemne que, en muchas ocasiones, lo que hace es alejar a la gente de estos objetos y de esta práctica. Pareciera que no se puede leer, verdaderamente, sino con una predisposición religiosa. Y abundan los lectores que no sólo lo creen así sino que censuran cualquier otro tipo de acercamiento, “vulgarizador” al libro. Ya se ha vuelto un lugar común de la cultura del optimismo el decir que los “verdaderos” libros son sagrados. Dentro de las relatividades es justo, y necesario, hacer distinciones, de modo tal que los libros no terminen por imponer su soberanía en tanto objetos que nadie ose contradecir en su esencia sagrada.

Hoy, hasta el cantautor español popular-intelectual y blasfemo Joaquín Sabina acepta que los libros son objetos sagrados y les confiere propiedades de amuletos o fetiches: “Los libros —dice— me parecen objetos sagrados. Tengo primeras ediciones de Vallejo y un tesoro de Neruda: el ejemplar número 57 de una edición de cien de Residencia en la tierra”.

En El Golem, libro iniciático si los hay y en cuyas páginas se habla también de un libro sagrado y mágico que encierra el secreto para crear vida artificial mediante el poder evocador de las letras y las palabras, Gustav Meyrink, su autor, hace meditar lo siguiente al protagonista: “No estoy dormido ni despierto, y en el ensueño se mezclan en mi alma lo vivido con lo leído y oído, como corrientes de distinto brillo y color que confluyeran”. Y, páginas más adelante, lo hará reflexionar así: “Comprendí que la clave para entenderse en un lenguaje claro con el propio interior está en sentir las letras, no sólo en leerlas con la vista en los libros; en crear en sí mismo un intérprete que traduzca lo que los instintos murmuran sin palabras”.

Seis décadas más tarde, en su “Elogio del libro”, Jorge Luis Borges advertirá que a partir de los Vedas y de las Biblias, hemos acogido la noción de libros sagrados. “En cierto modo —agrega— todo libro lo es. En las páginas iniciales del Quijote, Cervantes dejó escrito que solía recoger cualquier pedazo de papel impreso que encontraba en la calle. Cualquier papel que encierra una palabra es el mensaje que un espíritu humano manda a otro espíritu”.

Sin una idea laicamente sagrada y mágica del libro, la lectura pierde mucho de su encanto y de su poderosa seducción. Sin embargo, hay que evitar que la visión de la lectura se vuelva un dominio a tal grado solemne que excluya de manera protocolaria y ceremonial a aquellos que, como dice Michele Petit, aún no son lectores pero creen, sinceramente, que en los libros hay un secreto del cual están excluidos, porque ninguna persona les ha abierto el camino, y para ellos esto es un sufrimiento.

En tanto no quitemos al libro y a la lectura esas nociones severas y solemnes, seguiremos insistiendo inútilmente en que es deseable que la gente lea y haga del libro un objeto importante para su existencia. La solemnidad se torna muchas veces rechazo del diferente.

El protocolo de la lectura y, en general, de la cultura, favorece ambientes sólo propicios para quienes ya son lectores y consumidores más o menos habituales y aun consuetudinarios de los bienes y servicios culturales. En el caso de los no iniciados, son muy pocos o nulos los elementos que pueden hacer las veces de invitación. Por eso, las sociedades crecen en número pero, estadísticamente, los lectores siguen siendo los mismos: una minoría proporcional que, en el mejor de los casos, crece de manera insignificante.

Según Marcel Prévost, el hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma; parece que en esto no hay discusión. Por su parte, Borges nos dejó otra sentencia inobjetable: “Ahora, como siempre, el inestable y precioso mundo puede perderse. Sólo pueden salvarlo los libros, que son la mejor memoria de nuestra especie”. Si el libro es la mejor memoria de nuestra especie, ello se debe a que, como dijo Emerson y nos recuerda Borges, es un gabinete donde se guardan los mejores pensamientos de los mejores.

Mas, con todo, debemos evitar la sacralización excesiva del libro que a veces conduce a protocolos excluyentes donde la sola solemnidad es una manera de cerrar las páginas del libro a quienes carecen, por principio, de esta noción de sacralidad laica. A veces, el simple hecho de tomarse demasiado en serio esta sacralidad lleva a desdeñar los inicios paganos de los infieles que necesitarán tiempo y experiencia para comprender que el libro no es, nada más, una mercancía como cualquier otra. En su “Vindicación del libro”, el escritor español Juan Manuel de Prada asegura que “el libro es un objeto sagrado que nos habita por dentro y nos vincula religiosamente con la vida”. Como ejemplo de la condición sacra del libro, evoca la iniciación sartreana de la lectura:

“La consideración de la biblioteca como ámbito casi religioso, como refugio o templo donde el hombre halla abrigo en su andadura huérfana por la tierra, la expresa, quizá mejor que nadie, Jean-Paul Sartre, en su hermosísima autobiografía Las palabras, donde comparece el niño que fue, respaldado por el silencio sagrado de los libros: ‘No sabía leer aún, y ya reverenciaba aquellas piedras erguidas —escribe Sartre con unción—: derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente esparcidas formando avenidas de menhires. Sentía que la prosperidad de nuestra familia dependía de ellas. Yo retozaba en un santuario minúsculo, rodeado de monumentos pesados, antiguos, que me habían visto nacer, que habían de verme morir y cuya permanencia me garantizaba un porvenir tan tranquilo como el pasado’. Esta quietud callada y a la vez despierta de los libros, esta condición suya de dioses, penates o vigías del tiempo que velan por sus poseedores y abrigan su espíritu los convierten en el objeto más formidablemente reparador que haya podido concebir el hombre”.

Vistas las cosas así, y rebatiendo a Günter Grass, no todos los libros, por el hecho de ser libros, son sagrados. Muchos de ellos, incluso, ni siquiera son nobles. Como lo consignan Anne-Marie Chartier y Jean Hébrard en su libro La lectura de un siglo a otro, entre los intelectuales y preferentemente entre los escritores prevalece una protesta indignada contra la variación de los hábitos culturales, pues juzgan que la “verdadera” lectura es aquella de los “verdaderos” libros que permiten ver el “verdadero” mundo al “verdadero” lector. Bajo este prisma, todas las demás lecturas y todos los demás libros y lectores terminan siendo no verdaderos, por discriminación canónica. Y vistas las cosas así, no hay muchas probabilidades de que el número de lectores “verdaderos” aumente; muy por el contrario, disminuirá.

Suele olvidarse de dónde proviene el término “fundamentalismo”. Cuando se habla de lecturas “verdaderas” y de lectores “verdaderos”, lo que se está diciendo es que los hay sin duda falsos. ¿Y cuáles son los falsos? Precisamente los heréticos: los que no siguen la línea correcta, los que no van por la senda “verdadera”; los que no leen los libros “fundamentales”: los libros sagrados que son los fundamentos.

Como muy bien afirma Élie Barnavi, todo fundamentalismo se construye sobre el Libro que es fundamental. “Para que exista fundamentalismo —explica—, tiene que haber un corpus de textos sagrados que exprese la palabra divina y en el cual podamos basarnos”. Si somos fieles a la letra de los fundamentos, somos entonces verdaderos. “Todas las religiones llamadas del Libro han conocido la tentación fundamentalista”, concluye Barnavi. Y es obvio que así sea: si no hay fundamentos —es decir Escritura fundadora—, si no hay Libro, no puede haber fundamentalismo.

Categorizar la lectura “verdadera” y el lector “verdadero” y estigmatizar a “los otros” son propósitos de quienes piensan que sólo hay una forma correcta de leer y que es, precisamente, la suya; misma que desean conservar en las más restringidas cofradías del espíritu aristocrático. Frente a esta postura fundamentalista, la bibliodiversidad y la lectodiversidad son las formas incluyentes de una cultura que se opone a esa noción reglamentada y solemne de lo que, por principio, es un gozo, un disfrute, un placer: el placer de leer.

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