Afecto y administración

Afecto y administración
Por Luis Porter en U2000

Todo regreso de un sabático, no importa su extensión, nos confronta con el hecho humano, pero no por ello menos cruel, de la poca falta que uno hizo en la institución, alimentando la creciente sospecha de que podría dar lo mismo estar que no estar. Parece ser que las cosas siguen funcionando igual con o sin uno. Reconozcamos que es lo normal. Sin embargo, preferimos pensar que esta situación no es del todo verdad, que las cosas cambian día con día, ya que, después de todo, nada es estático, nos encontremos presentes o no.

Pensamos, no sin admitir cierto margen de error, que veinte, treinta o casi cuarenta años de compartir una institución han debido crear entre los que asistimos día con día, algunas amistades perdurables, vínculos, proyectos en común. Pensamos, no sin ver la posibilidad de estar equivocados, que la convivencia en el tiempo acerca y hermana a los que participan en ella.

Se ha comprobado que esta afirmación es totalmente cierta en aquellas comunidades hilvanadas por intereses mutuos, cuando las redes y los intercambios obligan a una especie de seguridad social mutua, (como bien lo explicó hace muchísimos años, Larissa Lomnitz en su libro Como sobreviven los marginados). Sin embargo, eso no es lo que ocurre en la universidad de los tiempos completos y las plazas definitivas. Allí, cada individuo es una parcela adherida a un contrato perenne que en lugar de unir, desune y los aleja de todos los demás. Una comunidad que se conforma de individuos que prescinden del otro, ignoran a sus jefes y trabajan en función de una productividad medida en puntos. Las reglas del juego no promueven el trabajo común, en equipo, ni mucho menos la necesidad de ponerse de acuerdo y cooperar.

Pocos, porque sí los hay, han llevado a cabo su ser universitario como quien es capaz de meter el universo en una cajita de cerillos. No forma parte de la cultura nuestra ser punzantes o irónicos, prevalece una formalidad convencional, que esconde bajo ciertas maneras al crítico demoledor que pudiera oponerse y hasta neutralizar los dardos que le lanzan desde los pasillos universitarios. Tampoco está en nuestra cultura universitaria ejercer el sentido del humor. Reír constituye una conducta que provoca sospechas en la Academia.

Los colegas prefieren deambular, guardando las formas y, en todo caso, con un ceño de rigor, que los reviste de esa propiedad que se autoimponen en la falsa idea de que así se ven más en su papel. De tal manera que al regresar de una ausencia, uno llega esperando brazos abiertos, y termina escabulléndose por esos sitios perdidos, que por suerte existen, y desde los cuales uno puede tramar su docencia, sus proyectos, su nuevo plan anual, que deberán ser aprobados por comités conformados por esos otros preocupados por mantener su cuño y garra en lo único que los hace sentir contentos, su mínima parcela de poder.

Sin embargo, y afortunadamente, la universidad es mucho más que esos recintos cerrados donde individuos relajados por años de paraburocracia ejercen su indiferencia. Existe entre las jacarandas de los estacionamientos, entre las pocas flores del jardín, y las múltiples equivocaciones de los arquitectos, un escondido entramado de espejos y laberintos, representado por el personal que nunca falla y siempre está, que no son ni profesores ni los alumnos, y está conformado por las secretarias y los miembros del aparato administrativo, que cumplen con sus funciones en los horarios previstos, siempre en su sitio, dispuestos al saludo, ejerciendo su labor de ayuda para que todo funcione, aunque los conductores no tengan claro hacia dónde.

Es curioso, que la universidad presente en sus puestos de trabajo rutinario, no siempre bien remunerados, no exentos de presiones y divisiones internas, de territorios inexpugnables y de colores contrastantes, un mundo menos hostil o duro que, al contrario, llega a ser entrañable. La universidad semideshabitada por los que debieran estar allí, profesores y estudiantes, seminarios y eventos, lo está siempre y cada día en esos rincones, o laberintos de escritorios poblados por el personal que siempre tiene tiempo para una breve charla, un café, e incluso un tramo de sentido del humor, amistad y reciprocidad de sentimientos.

Llama la atención que décadas de convivencia no hayan generado un mayor afecto entre nosotros los profesores. Pareciera que la carga afectiva se deja para los homenajes y los soliloquios, cuando ya es demasiado tarde y entonces sí, es tiempo de reconocimientos. Es insólito, en un país con escasa capacidad de ofrecer trabajo firme fijo y remunerado, que los privilegiados no lo vivan con cierto sentimiento de agradecimiento que los lleve a ser amables con los demás. ¿Qué ocurriría si se convocara a estrechar la relación afectiva entre la planta docente, tan fracturada hoy por inquinas, desprecios, indiferencias, intereses, y otras mezquindades? ¿Quién acudiría, como ocurre en los homenajes póstumos, a estrecharse la mano y ofrecer un cálido abrazo a los familiares de ese que les resultó en vida tan arbitrariamente antipático?

Mientras la universidad no crece, si crecen sus muros y se cierran las puertas. Para encontrar una sonrisa, nos acercamos al escritorio de la secretaria, y entre una galletita, un terrón de azúcar, y un café, hablamos un rato de profundas trivialidades. Nos apartamos momentáneamente del sueño atroz en que se ha convertido la convivencia con los colegas. ¿De qué habrá servido su constante adición de eventos al currículum vitae, y su vaga erudición? le pregunto a la secretaria buscando el alivio que produce oír su voz, diciendo su opinión. El amor en la Academia asume formas extrañas, mitologías con sus pequeños, pero necesarios actos mágicos, para sobrevivir con la poco certera creencia de que nos encontramos entre humanos.

He sido profesor durante cuarenta años y siempre he procurado que todos mis alumnos pasen al siguiente curso. No creo en el sacrificio y menos aún en que la letra con sangre entra. No he aplicado el terrorismo, como hacen tantos de mis colegas, y he buscado siempre una universidad humana. Debo decir que no la he encontrado. No creo que hayamos convertido a nuestras universidades públicas en recintos de convivencia afectuosa. Habrá muchas razones para ello, pero por cierto, no existe ninguna justificación.

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