Arqueología: Revelarnos a nosotros mismos

Arqueología: Revelarnos a nosotros mismos
Por Diego Eduardo Rhó, Armando de Jesús Martínez García y José Chessil Dohvehnain Martínez en la Gaceta UASLP Año 3 Núm. 3

A la arqueología comúnmente se le ve como la disciplina que descubre las viejas civilizaciones, y al arqueólogo como personaje de aventuras, de acción, dedicado a descifrar antiguos dialectos y buscar los tesoros más grandes de la historia, y es que ¿cómo olvidar al intrépido y comprometido Indiana Jones?, quien se pone en marcha para buscar los más grandes tesoros del pasado, mientras lucha contra el mal, ejércitos invencibles, franquea trampas y calabozos ineludibles, y combate asesinos, ladrones, saqueadores y viles nativos. Por supuesto, ésta es la imagen que ha proyectado nuestra bizarra cultura popular.

Empecemos mencionando que la arqueología surgió gracias a los anticuarios de los siglos pasados, quienes salían a la caza de artefactos estéticos y de alto valor económico. Así tenemos a los primeros exploradores, coleccionistas, comerciantes, viajeros e investigadores como Heinrich Schliemann o Howard Carter —este último es famoso por el hallazgo de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, Egipto—, entre muchos otros.

En la Nueva España del siglo XVI, algunos sacerdotes y evangelistas, como franciscanos y jesuitas, hicieron esfuerzos para resguardar los escritos antiguos de los pueblos prehispánicos en lugar de su destrucción, preservar las tradiciones y ritos, así como seguir con la cacería constante y en secreto por los tesoros del nuevo mundo. Con el  paso de las décadas, oleadas de exploradores y cazadores de tesoros llegaron a esta parte del mundo en busca del conocimiento o de la gloria. A la par, surgieron diversos enfoques antropológicos que se propusieron elucidar los misterios del hombre. Fue en ese momento cuando surgió la arqueología como una ciencia social, definida desde la academia como el estudio del ser humano, su cultura y su mente, a través los restos materiales; ciencia que hoy se  encuentra de frente con una ruptura entre las ideas abstractas y la aplicación de lo que sabemos de nuestro pasado en beneficio de la sociedad del presente.

En México, la enseñanza de esta ciencia comenzó a principios del siglo XX en la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americana, de fama internacional. Pronto, con el nacimiento del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en 1938, y de la aclamada Escuela Nacional de Antropología e Historia, al año siguiente, la enseñanza de las ciencias sociales, entre las cuales está la arqueología, se volvió más accesible al público. En las décadas siguientes, la apertura de esta profesión a manera de licenciatura se dio en otras partes de la nación. Así, en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, nació la Coordinación de Ciencias Sociales y Humanidades, en 2002, hoy Escuela de Ciencias Sociales y Humanidades, que pretende formar humanistas que contribuyan a la creación de una sociedad más justa y ambientalmente sustentable, con miras a ser un bastión en el norte de México, capaz de dilucidar las incógnitas aún latentes de los días antiguos de la región.

A la luz de la realidad, los arqueólogos no están exentos de algunas de las fabulosas características que resalta nuestra cultura actual. Uno bien puede dedicarse a viajar investigándolas o dedicarse a la enseñanza. Por otro lado, el arqueólogo se apoya en los escritos antiguos, en la interpretación de mitos y leyendas, en la evidencia iconográfica, en los testimonios etnográficos y etnohistóricos, así como en los métodos y teorías que se han  elaborado desde diversos enfoques antropológicos para franquear el abismo insondable entre el pasado y el hoy.

El otro atractivo sumamente verídico es el trabajo de campo, ya que cuando viajamos, en las búsquedas de restos culturales en recorridos por extensas áreas y durante las excavaciones, nos enfrentamos a muchos peligros, como las selvas profundas del área maya, los ambientes hostiles de las altas montañas o los abrumadores desiertos al norte del país, sin mencionar la flora y fauna de alto riesgo.

Soñar con la conquista de la chica más linda y buena, o del galán aventurero, a veces sirve de algo también. A pesar de todo esto, el reto más grande es interpretar los artefactos; la búsqueda del significado de los símbolos del ayer y, para ello, se requiere arduo trabajo de meditación, reflexión, análisis y comparación de todos los datos que obtenemos. Así, el arqueólogo ha de equilibrar la investigación en campo junto con el trabajo documental, aunado al empleo de la teoría y metodología adecuadas, para encontrar las interpretaciones que más se acerquen a la verdad sobre el pasado que nos ofrece el material.

Ésta es la parte más emocionante de la investigación arqueológica: la búsqueda del conocimiento de la forma de vivir y de pensar de las culturas del ayer.

Al final, el arqueólogo es responsable de divulgar y hacer público el conocimiento adquirido, así como los descubrimientos realizados en aras de concientizar a la población de su potencial como ser humano y de su lugar en el mundo. Como arqueólogos, tenemos la capacidad de proteger por todos los medios posibles el patrimonio cultural, interviniendo en contra de cualquier amenaza, ya que estos restos culturales son los testigos de nuestra historia y referentes de nuestra identidad, pertenecientes a todas las personas, etnias, comunidades y grupos sociales que habitan nuestro país —o al menos idealmente—. Tenemos la responsabilidad de enseñar y compartir lo que conocemos de nuestro pasado, impactando en la construcción de la historia de nuestra sociedad.

Tenemos el deber, incluso, de levantarnos en contra de aquellos que usan este saber para engañar a las personas sedientas de conocimiento, esperanza y cambio, con falsas doctrinas y terribles mentiras. No sólo somos científicos sociales dedicados a conocernos a nosotros mismos como individuos, también somos actores sociales en potencia, con la misión de compartir lo aprendido en beneficio de las personas.

Sólo así podremos tener las herramientas para reflexionar sobre nuestra condición, nuestro lugar en la historia, el mundo y el universo y encontrar nuevas vías de cambio humano, a través de la sabiduría que brinda el conocimiento del pasado en la búsqueda de un mundo diferente, posiblemente mejor.

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