El poder de los estímulos

El poder de los estímulos
Por Adrián Acosta Silva en Campus Milenio

Este año se cumplen 30 años de la creación del Sistema Nacional de Investigadores, el mayor intento de ordenamiento institucional de la ciencia y la tecnología en México. Estamos cumpliendo tres décadas de un programa que surgió primero de la necesidad y que luego, por la vía de los hechos, se ha convertido en una especie de virtud para no pocos de los académicos y científicos mexicanos (casi 20 mil este año).

Cuando en 1984 surgió dicho instrumento para apoyar a 1377 investigadores, en el contexto de la catástrofe económica de la década perdida mexicana, se pensó en él más como un mecanismo de compensación salarial de los científicos  que como un instrumento de promoción del trabajo colegiado, la consistencia técnica y la calidad académica de los investigadores mexicanos.

La fuga de cerebros, el desánimo de los científicos por el deterioro brutal de sus salarios, el reclamo de las élites científicas al gobierno delamadridista, el temor al futuro, configuraron las causas profundas del malestar con el Estado y con las universidades que estaban detrás del surgimiento del proyecto que por razones del la persistencia, del azar o del destino se convertiría con el paso del tiempo en el eje de una política no declarada de estímulos, recompensas y castigos al desempeño, al prestigio y a los bolsillos de los científicos mexicanos.

Como muchas otras políticas públicas, el origen del SNI fue una crisis. Pero su expansión y legitimación corresponde más a las condiciones simbólicas, laborales y académicas del campo educativo superior mexicano. Dicho sistema se convirtió muy rápidamente en la versión nacional, tropical, del merit-pay system que funciona en algunos países (como en E.U. o en Francia) desde hace casi un siglo, pero con enormes diferencias en su concepción, en su diseño, peso y orientaciones. Pero acá se produjo, como en ningún otro caso nacional, la originalidad de la copia.

Mientras que en otros lados el pago por méritos es un mecanismo que emplean algunas universidades de manera marginal para estimular a sus profesores, acá lo emplea el Gobierno federal para completar de manera importante el ingreso salarial de los académicos; mientras que en la mayoría de los casos donde se utiliza el pago por mérito su monto no representa más del 10 o 15 por ciento de los ingresos totales de los académicos, acá llegó a convertirse hasta en un tercio o en la mitad de los salarios de los científicos.

Las aguas profundas del fenómeno tienen que ver mucho con lo que Wietse de Vries planteó la semana pasada en este mismo espacio, en su texto sobre el ornitorrinco universitario: el deterioro constante del ingreso base de los académicos, las condiciones de inestabilidad laboral de los nuevos académicos, y la expansión como hongos de los programas de estímulos para los individuos, los grupos de investigación y para la instituciones académicas mexicanas (“Al rescate del ornitorrinco”, Campus 548, 20/02/2014).

La obsesión por estimular a los académicos como mecanismo de cambio institucional en las universidades públicas, ha coexistido con la determinación de controlar férreamente el salario base de los mismos, al igual que ocurre con el presupuesto ordinario de las universidades, cuyo comportamiento es gobernado por la lógica de movilizar sus recursos para obtener financiamiento federales extraordinarios, sea por la vía de la negociación política, sea por la vía de la competencia por indicadores de desempeño.

Estos comportamientos individuales y colectivos han provocado en muchos casos una sorda lucha por la supervivencia, la diferenciación y el reconocimiento del prestigio entre los académicos universitarios. Estar o no en el SNI, en qué nivel, además de ser reconocido o no como Perfil PROMEP, o alcanzar las categorías más altas de los programas institucionales (del PRIDE de la UNAM a los PROESDE de muchas universidades estatales), estar o no en “cuerpos académicos consolidados”, “en proceso de consolidación” o “en formación”, forman parte del medallero de la pequeña república de los indicadores  que habitan los profesores e investigadores de las universidades mexicanas.

El problema es que la carta de ciudadanía a esa república ya no es sólo ser profesor o investigador de alguna escuela, facultad, centro o departamento de alguna universidad pública, sino que además es necesario ser reconocidos y estimulados por alguno de los programas federales que se han lanzado desde hace treinta años sobre este campo siempre sembrado por los cálculos, las pasiones y las emociones de sus actores. Después de todo, los investigadores conforman comunidades tribales, con sus propios sistemas de creencias y reconocimientos, que entablan con frecuencia inevitable sentimientos de cooperación y afinidad con sus colegas, pero también relaciones de competencia y a veces de conflicto.

La lucha por las recompensas que significan el SNI y programas similares suelen provocar sentimientos de frustración y de envidia entre los académicos, en un medio caracterizado de suyo por trayectorias meritocráticas que suelen expresarse en ferias de vanidades y egoísmos intratables.

Luego de tres décadas de políticas basadas en los estímulos, el SNI y demás invenciones mexicanas deberían ser evaluadas con precisión, objetividad y sobre todo con perspectiva de futuro. Ante el envejecimiento dramático de la planta académica y los déficits acumulados en la cobertura de atención a los jóvenes, así como el pobre crecimiento de los recursos destinados a la ciencia y la tecnología, la música de los estímulos suena a una canción pasada de moda, que intenta ser mantenida a base de nuevos ritmos, sonidos y operadores. Pero el resultado suele ser el mismo de muchos covers musicales: versiones malas o mediocres de algo que en el principio fue diferente y sonaba atractivo. Tal vez sea el tiempo de volver a lo básico: salarios dignos y buenas condiciones de trabajo, permanencia y jubilación para profesores e investigadores universitarios, en donde la música de los estímulos sea un sonido discreto, suave, no el incómodo ruido de fondo que acompaña desde hace tiempo las trayectorias individuales e institucionales de las universidades públicas mexicanas.

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