La lectura: elogio del libro y alabanza del placer de leer

La lectura: elogio del libro y alabanza del placer de leer
Por Félix Suárez en Campus Milenio

Hubert Nyssen, escritor, pero sobre todo editor que ha dedicado innumerables libros al oficio de la edición, menciona una anécdota referida a su correspondencia con Albert Cohen. Se trata de una carta fechada en 1971, en la  que el novelista, en un arranque de sinceridad, le confiesa su preocupación por la manera negligente con la que —imagina— lo vestirán para su funeral. No sin angustia, el autor de Bella del Señor, vislumbra su cuerpo constreñido en un féretro capitoneado con seda barata, vestido él con un traje grueso, demasiado caliente, en lugar del gris ligero preferido; y, para colmo, con la corbata mal anudada…. “No sabrán vestirme bien, los muy imbéciles”, remata Cohen.

Nyssen menciona en seguida que, tiempo después, cuando volvió a encontrarlo en su paso por Ginebra, no pudo dejar de comentarle que en su referida carta había deslizado, acaso sin querer, una metáfora singular en torno al deseo (y la preocupación) que tenía como autor sobre su obra.

Esta relación entre la obra y su ulterior realización editorial —su concreción en libro, propiamente dicho— es una preocupación que ha estado presente en el oficio de hacer libros aun antes de la invención de la imprenta. Los ejemplares miniados de la Biblia, provenientes de la época carolingia y aun de épocas posteriores (siglos XII y XIII), nos hablan ya de esta búsqueda por encarnar en la letra y en la forma (en los materiales y en el tipo de encuadernación) algo de la naturaleza sagrada de la escritura. Sabemos, por ejemplo, que Prudencio relacionaba las heridas de los mártires cristianos con el uso de una escritura púrpura aplicada por los copistas a estos textos. Así, las capitulares y los títulos resaltados con minio en este tipo de ediciones no eran otra cosa que una metáfora de la sangre derramada por Cristo y los primeros cristianos. Una suerte de manierismo que se prolongaría sin pausa por varios siglos después.

Aun antes, Isidoro de Sevilla nos recuerda también como incluso entre los llamados “gentiles”, la edición o copia de libros respondía a criterios muy razonados. De tal suerte que, en términos generales, los libros de formato más pequeño “contenían poemas y cartas”. En cambio, “las historias requerían —nos dice el santo de Sevilla— de un formato mayor, y no sólo de papiro o pergamino, sino también  de tripas de elefante y hojas de malva o de palma entretejida”.

Esta correspondencia ideal entre lo que la obra dice y el ropaje final que adopta ya como libro es, a todas luces, una cuestión que, de tan sabida, algunos editores olvidan a veces, por distintas razones. Esto es tan cierto que, al final de la cadena productiva, lo que encontramos en ocasiones los lectores no siempre es el mejor traje del libro: su tipografía —sentimos  vagamente— nos resulta demasiado pequeña o muy estridente para el blanco silencioso de la página; otras veces sentimos que la interlínea o el interletraje oprimen el texto hasta asfixiarlo, como si se tratara de un corpiño demasiado estrecho para el volumen amoroso que resguardan; o bien, podemos percibir incluso que los márgenes de la mancha tipográfica, que debieran ser planicies fértiles para la mirada, se nos estrechan página a página, hasta que al final, agotados por el esfuerzo, terminamos por ir olvidando discretamente el libro sobre la mesa de noche. Y ni qué decir ya, por último, de los forros, que a veces parecen más invitaciones de bodas, promocionales de filmes comerciales o empaques de jabones perfumados.

Recuerdo, a propósito, a don Alfonso Reyes, a quien le gustaba mencionar, por cierto, que, cansado de estas ediciones tormentosas, Joaquín García Icazbalceta reimprimía a su gusto, en formatos, fuentes y cajas tipográficas adecuadas, todos sus libros de cabecera, para su uso personal.

Hoy no podríamos imaginar siquiera semejante extremo. Si la infortunada edición de un libro nos estorba en su lectura, buscamos, en el mejor de los casos, una edición más pulcra, o simplemente renunciamos al intento y cambiamos de libro.

Por eso uno agradece un libro como el de Juan Domingo Argüelles, La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial Estado de México, 2012), que es ya por sí mismo una obra imprescindible, porque el lector, al paso de sus páginas, se encuentra con una declaración honesta de humildad y sabiduría, de la que, en términos generales, carecen todas esas prédicas de tinte cuasi religioso, que se arrogan como misión altísima, la tarea de convencernos de las ventajas y ganancias que trae aparejada, según sus cándidos autores, la práctica de la lectura.

Juan Domingo Argüelles ha ahondado con acierto, a través de los distintos libros que ha escrito sobre el tema, en la necesidad de despojar al acto de leer de su carácter impositivo, y ha insistido, más bien, en la idea de contagiar el gusto por esta práctica solitaria y gozosa.

De tal suerte que ésta pueda ser uno de tantos accesos al discernimiento, a la reflexión, pero sobre todo, una entrada sin costo al placer y al descubrimiento de las pequeñas alegrías que nos da la vida.

Decía al principio del párrafo que uno agradece un libro como éste, porque, además de ser una obra que alienta en sus lectores nuevas ideas, es, en su carácter de objeto, de receptáculo, un libro en el que el lector escucha y palpa con la mirada las distintas voces que acompañan el discurso, a veces de un modo imperceptible, pero, ciertamente, imprescindible. Por eso, las hermosas ilustraciones de Irma Bastida Herrera con las que el año anterior obtuvo la Golden Apple, prolongan y acentúan los ecos del texto, como las ondas concéntricas que interrumpen por un momento el reposo azogado del estanque.

Hubert Nyssen afirma que el doble y paradójico deber del libro consiste, justamente, en hacerse olvidar en tanto que objeto e imponerse a la vez en tanto que sujeto. (El orden en que se presenta esta experiencia en el lector es, por supuesto, irrelevante.) Nyssen afirma lo anterior porque cree en la necesidad que tiene todo lector de estar a solas con su libro y con su historia, con sus reflexiones si fuera el caso. Pero también lo dice, creo yo, porque en esa necesidad, que se convierte ahora en deseo, el libro es ya también un metalibro; quiero decir, un objeto palpable y deseado. Acariciado como tal vez sólo se acaricia el cuerpo y las imperfecciones de la amada.

Nada más extraño y anacrónico, pensará alguno sin duda. Y la verdad es que tiene razón; definitivamente hay algo de razón en todo esto cuando nos detenemos a pensar un momento y vemos a lo lejos cómo la era del libro impreso ha iniciado su lento, pero inevitable ocaso… Y, sin embargo, pese al aire de lugar común (y añorante) que pueda tener la experiencia sensual de pasear con delectación un libro frente a nuestros ojos y entre nuestras manos, ésta es tan real que aún hoy nadie se atrevería a ponerla en duda.

Permítaseme pues, decir esto, porque el libro de Juan Domingo Argüelles es también, en gran medida, desde su configuración formal, un objeto de deseo, conseguido merced al trabajo de sabia discreción y silencio de un equipo de correctores y diseñadores que, al modo de los antiguos sastres, ha tomado medidas y cuidados para confeccionar el ropaje más adecuado y afín a los contenidos.

He dicho discreción y silencio, pero también sabiduría, que el lector de este libro percibe de manera aleteante en las reflexiones de Juan Domingo; sabiduría —y no mera información—, que es como hablar también, de algún modo, del sosiego con que mira un hombre pasar la vida por la ventana. Por eso, Juan Domingo asegura que el que lee “No lee únicamente el libro que tiene en esos momentos en las manos y ante sus ojos, sino que relee también las pretéritas páginas de otros libros y, entre ellos, por supuesto, las del libro de la vida”.

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