Carlos Payán: Un narrador de anécdotas revolucionario

Carlos Payán: Un narrador de anécdotas revolucionario
Por Alberto Spiller  en la Gaceta UdeG Nº 772

Carlos Payán se detiene, se concentra y empieza a recitar de memoria: “Cyril Tourneur nació de la unión de un dios desconocido con una prostituta. La prueba de su origen divino se encuentra en el ateísmo heroico en el cual sucumbió”. Es una de las tantas pausas que hará en el camino del área internacional de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara hasta el vecino hotel Hilton, que recorre, sujeto de mi brazo, con pasos breves y reflexivos como sus recuerdos, que brotan graves de algún lugar de su memoria y de su larga experiencia como político, escritor y periodista.

La cita es de Vidas imaginarias, de Marcel Schwob —“escribía como un dios”, dice—, escritor francés del cual, deambulando por los pasillos de la feria, acababa de hallar un ejemplar — por cierto, casi inencontrable— de El libro de Monelle, que “había prestado hace mucho tiempo; fue lo primero que vi, sin buscarlo, en un stand y lo compré”, explica Payán Velver, que fue director y fundador en 1985 del diario La Jornada y antes subdirector de unomásuno, las primeras publicaciones consideradas de izquierda en México, y quizás en toda América Latina.

Vamos hacia el restaurante del hotel donde, le digo, como cada año preparan comida del país invitado, en este caso israelí: “¿Y qué vamos a comer, si no hay carne ni pescado ni nada?”, dice en broma. Habla despacio, quedo, clavando su mirada clara en mis ojos, muy cerca del rostro, cual si quisiera adivinar la razón última de mis preguntas… “Es que estoy un poco sordo”, se justifica, en cambio, tocándose el oído. Otra pausa — hace una cada vez que habla, como si el peso de las palabras, roncas, espesadas por el tiempo y la memoria, le dificultara caminar— y cuenta otra anécdota: “He vivido en Israel por seis meses, en los años setenta, para estudiar las cooperativas, los kibutz, y mis compañeros estaban desesperados por la comida, puro pollo que no sabía a nada. Yo no sufría tanto, pero una vez a la semana me pasaba del lado árabe, a comer carne”.

Agarro al vuelo la ocasión y le pregunto qué opina acerca de que Mario Vargas Llosa, en el diálogo con David Grossman realizado unos días antes en la FIL, dijera que cuando visitó Israel, más o menos en aquellos años, conoció la verdadera democracia. La mirada se fija en mí, como si no estuviera seguro de haber entendido bien lo que dije. Suspira, inflando sus bigotes canosos. “Yo asistí cada fin de semana a un kibutz a ver cómo vivían, y me parecía ideal, ese era el verdadero comunismo que quizás hubiera soñado alguna vez, pero ¿qué hicieron? Se fueron poniendo en la frontera, y eran barreras para el combate. Tenían una forma de trabajo espléndida, productiva, y los árabes estaban en un campo de concentración, podían salir de allí con un pasaporte nada más para trabajar. Yo no sé cómo llamarle a eso, pero no le puedes llamar democracia”.

Reflexiona, mide las palabras al mismo tiempo que los pasos, acortándolos de nuevo. “Al principio vivían bien, armonizados, y esto me lo contaban los mismos palestinos”, dice, con un tono en cuya tranquilidad se adivina una sencilla sabiduría. Convivían, hombro a hombro, un comunismo casi idílico con un fascismo brutal, le comento. “Es un afán de supervivencia. Es muy confuso: los árabes dicen que quieren liquidarlos y echarlos al mar; y los otros se quieren defender a como dé lugar y se les pasa la mano…”.

¿A ambos?, le pregunto. “Beh”, refunfuña él, entre extrañado y cínico, esbozando una leve risa, “yo creo que más a Israel… Bueno, Israel tiene las armas, tiene todo, y los otros tienen piedras, no es igual”. El camino, de breve y accidentado por el tumulto de la feria, se convierte en largo y pausado, indiferente a lo que sucede alrededor, asumiendo la parsimonia y profundidad de las historias que cuenta Payán, casi su misma fascinante lejanía. Una nueva pausa, afuera del hotel. Esta vez es para saludar a Miguel Ángel Porrúa. Se abrazan durante largo rato, en que se congratulan uno al otro por sus respectivos homenajes: Payán recibió el 4 de diciembre el grado de doctor Honoris causa por parte de la Universidad de Guadalajara, Porrúa un premio al Mérito editorial, en el marco de la FIL.

Ya en el bar del lobby, Payán distiende cansadamente en un sillón sus 80 años, que se notan más en el andar incierto que en la figura, todavía erguida, coronada por una larga cabellera blanca y ataviada de forma sobria pero elegantemente con un suéter de cuello alto y saco de pana café. Actualmente es presidente de la productora Argos  Comunicación y de su portal informativo Revolución Trespuntocero, y es autor de libros sobre política y comunicación. Por lo que respecta a su faceta política, fue senador del PRD, y consejero de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y del Instituto Electoral. Pero entre sus méritos está, como director de La Jornada, el de haber aglutinado alrededor del periódico a diferentes corrientes de la izquierda mexicana. “Yo venía del Partido Comunista y otros venían de otras fuerzas sociales de izquierda. Lo que hice fue abrir el abanico.

Lo importante no es que fuéramos de izquierda, sino que contáramos lo que estaba pasando en el país, y por eso todos nos pusieron la etiqueta de izquierda; pero ¿qué quiere decir eso? Lo único que hacíamos era contar y reflexionar sobre lo que estaba pasando, y eso ya fue revolucionario”. Luego de una contracción en el rostro aflora otro recuerdo: “Cuando yo estaba allí invité a escribir a Carlos Castillo Peraza, quien era dirigente del PAN, y cuando salió él, también a Felipe Calderón”. Se ríe y confiesa burlón: “Cuando Calderón llegó a entregarme su primer artículo, le dije: ‘Bienvenido a la mansión de Drácula’”.

Le comento que ahora mucho se dice que hay democracia en México porque los medios pueden atacar al poder… “Tanto unomásuno como Proceso, después de Excélsior, empezamos a hacer una batalla por la libertad de expresión y el derecho a la información, y luego con La Jornada se dio una lucha cada vez más fuerte, ganando terreno paso a paso. Los demás medios estaban realmente cooptados por el Gobierno y los industriales, y a un cierto punto dijeron ¿Nosotros qué?, y los empezaron a soltar.

Antes, decirle algo al Presidente parecido a lo que ahora le dicen, le costaba la vida al perio dista y probablemente la clausura del periódico. Ahora todos pueden decir lo que quieran, pero en el fondo siguen con las mismas costumbres: siguen siendo empresas subsidiarias del Gobierno y de los empresarios”.

¿Ustedes cómo le hicieron?, le pregunto. “Hay una cosa que descubrí hace poco en un libro de Sloterdijk, que se llama En el mismo barco, donde hay una frase que dice: ‘Cuando la élite en el poder pelea, suelta las amarras y avanzan los medios’, entonces nosotros hicimos la lucha, y en ese periodo de unomásuno la elite estaba peleando entre los viejos y los nuevos priistas de los llamados Chicago boys. Fue una coyuntura, las cosas nunca se dan solas”.

En ese sentido, agrega: “Cuando el levantamiento zapatista estaba de vocero de la presidencia José Carreño Carlón, que ahora es el director del Fondo de Cultura Económica, que era gente de Salinas, y curiosamente había sido subdirector de La Jornada: ni una vez me habló para decirme ‘bájele’. Podía decírmelo y ni le hubiera hecho yo caso, pero esto fue una cosa maravillosa, porque lo pudimos decir todo”. Se queda pensativo, y por fin dice: “Vivimos todos en una metáfora, en un país que es ficción, en donde hablamos de democracia, pero no se dan cuenta que en las últimas elecciones no ha habido una donde no nos hayan tomado el pelo”.

¿Cómo ve la izquierda mexicana? “Pérdida”, espeta a quemarropa. “No les interesan más que los puestos en el Congreso y los negocios, igual que los otros partidos. Es una vergüenza”.

¿Y el futuro de los medios, en particular los impresos? “Los periódicos en el mundo están ahora en una cuesta hacia abajo, no creo que vayan a desaparecer, pero está el internet, que dio muestra de que puede mover a una sociedad, como en el caso de la árabe; pero también inmediatamente saltó el tigre: Estados Unidos tiene controlados a todos, entonces de allí en adelante por este espacio de libertad que creíamos tener, y sobre todo los jóvenes, tenemos que luchar y acabar con el hermano mayor que tiene controlado todo”.

¿Qué piensa del YoSoy132 y en general de los movimientos anti Peña Nieto? “Empiezan a manifestar descontento, pero hay una cosa en el país con la que éste no se ha podido expresar totalmente: que la juventud, 600 mil jóvenes que pudieran estar protestando, se incorporaron al crimen organizado”.

Otro conocido ilustre interrumpe la plática y, prácticamente, la termina. Hugo Gutiérrez Vega se acerca a Payán, que intenta trabajosamente incorporarse. “No te levantes”, le dice el escritor, poeta y catedrático jalisciense, “yo sé lo que es levantarse a nuestra edad”. Pero Payán no le hace caso y los dos se abrazan y se felicitan mutuamente unos momentos, mientras un fotógrafo que pasaba allí por casualidad no desperdicia la oportunidad de inmortalizar la —periodísticamente hablando— valiosa escena.

“Este país no tiene destino”, me dice Payán, agarrándome de nuevo del brazo, mientras lo acompaño al restaurante. Allí me despido. Él me lanza por última vez su mirada verde y, con una sentencia que me suena más bien a consejo de un viejo zorro del periodismo, que conoce el impacto de una palabra mal escrita o mal interpretada, me advierte: “Cuida la redacción”.

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