Ciencia, tecnología, innovación y otras condiciones para el desarrollo

Ciencia, tecnología, innovación y otras condiciones para el desarrollo
Nota publicada por Daniel Reséndiz Núñez en la Academia Mexicana de Ciencias (9 Octubre 2012)

La Academia Panamericana de Ingeniería busca clarificar cómo puede nuestra profesión responder a los desafíos del desarrollo, y mi obligación como presidente de la sesión sobre “Ciencia, tecnología e innovación” es presentar una introducción al tema. A este propósito, los más de dos siglos de mi país en busca del desarrollo me imponen el deber de expresar, para la reflexión colectiva, las siguientes convicciones e inquietudes.

Si el desarrollo de un país es un proceso para lograr que sus habitantes puedan ir dándose paso a paso, mediante decisiones y acciones propias, la calidad de vida a la que aspiran, nadie supondrá que la ingeniería por sí sola puede conseguirlo. Las condiciones necesarias y suficientes para que esto ocurra son muchas y a veces resultan elusivas. La ingeniería no es condición suficiente para ese fin, pero no hay duda de que es condición necesaria. En efecto, para que un país se desarrolle es indispensable una ingeniería nacional, es decir, un saber-hacer propio con al menos las mínimas capacidades para concebir, planear, especificar, diseñar y construir las obras y fabricar los productos que, previo análisis, la nación decida.

Esto incluye la capacidad de formar cada año el número requerido de nuevos ingenieros que: 1) conozcan a fondo las disciplinas de su especialidad; 2) sean capaces de acceder a lo fundamental del saber de las ciencias y las humanidades, y 3) tengan voluntad de entender y servir a los demás. Tal es en síntesis la contribución que de la ingeniería cabe esperar ante los desafíos del desarrollo nacional.

Hay razones para suponer que ciencia, tecnología e innovación, temas de esta sesión, más la ingeniería, podrían crear buena parte de las condiciones necesarias para el desarrollo, que para ser necesarias y suficientes habrán de satisfacer dos requisitos lógicos: bastar para el fin indicado y no ser redundantes. La historia puede ayudar a descubrir cuál es este conjunto de condiciones, pues en toda época los pueblos han explorado, con éxito diverso, muchas posibles rutas; pero no esperemos una respuesta determinista, categórica y completa, sino acaso una lista tentativa avalada por la experiencia de países cuya evolución haya sido razonablemente satisfactoria. Puede ser que algunas de tales condiciones sean peculiares de cada nación y tengan alternativas con ventajas y desventajas, por lo que discernir entre ellas requerirá recurrir a la política a fin de conciliar preferencias antagónicas resultantes del libre albedrío de los seres humanos.

Suele objetarse que asunto tan crucial se deje a la política, pues ésta se ha desprestigiado conforme los políticos en todo el mundo parecen ajenos e insensibles a los intereses de la sociedad, aunque ésta los esté diciendo a gritos; cuando en consecuencia la ciudadanía reacciona con displicencia y sin responsabilidad ante los asuntos públicos el círculo vicioso se cierra, pues los políticos incumplen su función, los ciudadanos no participan en política y los posibles desenlaces son anarquía o dictadura, es decir, el subdesarrollo estabilizado. Esta ruta debe y puede corregirse, como se ha hecho muchas en la historia, aunque siga habiendo quienes tomen a la ligera y sin compromiso los asuntos públicos. En la antigüedad clásica esta actitud incluso adquirió cierta respetabilidad filosófica con el nombre de cinismo o escuela cínica, encabezada por Antístenes (445-365 a. C.). Limitada a lograr la virtud sin compromiso y al margen de la comunidad, esta corriente declinó y devino en un “nominalismo radical para el que sólo existen los individuos y sus actos”: ningún ideal, ninguna ley valen; sólo la eficacia, sin importar ideología o moral alguna; libertad personal al máximo, hasta la impudicia2. Casi dos milenios después nació el más famoso exponente del cinismo: Maquiavelo (1469-1527).

La historia, otra vez gran maestra, hace evidente que el cinismo no es consustancial a la política, sino más bien un producto de épocas como la nuestra, en que los Estados abandonan su razón de ser y dan a los mercaderes del poder y del dinero la amplia libertad que buscan para lucrar en agravio de todos los demás, pobres y ricos. La actitud contraria al cinismo es la ética, que en tiempos como el actual está en minoría.

El número de quienes optan por el cinismo oscila como un péndulo; hoy son muchos porque se prefiere la libertad a cualquier costo, incluso el de la felicidad, objetivo de la ética. Pero esta situación es pasajera; el péndulo luego se moverá en dirección contraria y pasará por posiciones más equilibradas, aunque no se detendrá sino hasta llegar al otro extremo, en el que la libertad se cancela y el cinismo florece otra vez. Mi generación ha visto ya ambos excesos: uno es el sistema libertario pero injusto que hoy priva en casi todo el orbe, y otro, el régimen dictatorial que en aras de la igualdad o la justicia reprimió la libertad en la mitad del mundo durante gran parte del siglo XX. Ante ambos extremos la ética sigue siendo la alternativa para conciliar libertad y justicia.

Si quienes actúan de modo cínico son pocos, la sociedad apenas los percibe; pero cuando su número crece más allá de cierto punto la degradación social avanza hasta hacer crisis en uno de dos sentidos: una implosión social demoledora o una reacción espontánea e inequívoca de la sociedad en pro de la ética. Hoy, tanto en los países pobres como en los prósperos, la degradación social y sus costos son tan graves que cabe preguntar si estamos llegando ya a ese punto crítico. Fuera de estos periodos de crisis por corrimiento. 3 social hacia los extremos, el apego a la ética suele ser mayoritario, pues la conciencia del bien y del mal es consustancial y distintiva de la especie humana3.

Todo esto viene al caso porque la tarea más compleja en la búsqueda del desarrollo es la que toca a la política en el interior de cada país; por ser así, el camino al desarrollo no puede ser uno solo, sino uno para cada nación; ignorar esto es el núcleo de la problemática mundial de hoy. Empero, es un hecho que las experiencias exitosas de desarrollo nacional en países diversos tienen factores en común; así, aunque los caminos específicos difieran, tales factores comunes señalan un rumbo general hacia el desarrollo, y entre sus condiciones necesarias validadas por la experiencia están las siguientes cuatro:

  • Primera condición: Una cultura nacional sólida y ampliamente compartida, actuante y viva, con hondas raíces éticas, sean laicas o religiosas, autóctonas o universales, en la que todos los connacionales se identifican al margen de sus diferencias ideológicas y por tanto están dispuestos a compartir esfuerzos y beneficios. Un buen indicador del grado en que tal cultura es en efecto compartida es la equidad económica y social, sin la cual el desarrollo es endeble o imposible
  • Segunda condición: Una ciencia institucionalizada, apreciada por la sociedad como el mejor método disponible para entender el mundo y para generar el conocimiento aplicable a comprender y resolver nuestros problemas
  • Tercera condición: Una ingeniería con al menos el grado de suficiencia que en el segundo párrafo de este escrito se señaló, y
  • Cuarta condición: Un sistema de innovación en todos los campos del saber-hacer, puesto en práctica cotidiana por usuarios y proveedores de los servicios y productos nacionales, a fin de mejorar continuamente en calidad y costo lo que el país produce.

Hasta aquí lo que a priori puede decirse de las condiciones para el desarrollo. En cada país la prueba empírica de que se ha atinado a crear esas condiciones será, en su caso, el desarrollo mismo en marcha, esto es, la mejora de la calidad de vida de todos.

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